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Brevet...

... de Alicia H. en Espuma y Salitre

Me llamó hace unos días, indicándome que iba a hacer una Brevet y que mi casa le caía justo a mitad de camino. Sólo necesitaba un sitio donde reponer fuerzas y descansar para salir al día siguiente y completar la segunda etapa. Le dije que sí, que no había problema, y que estaría pendiente.

Después de colgar me sentí acalorada, y noté que algo se había removido dentro de mí. Una pulsión profunda, animal, cuyo eco creía apagado desde que lo dejamos hace unos años.

Llegó a media tarde. Mario, cumpliendo con su costumbre de no avisar, también se había acercado a casa. Como todavía hacía mucho calor, estábamos a la sombra, tomando algo en la mesa bajo la pérgola, al lado de la piscina.

Cuando escuché el timbre, me levanté a abrirle. Al recibirlo y ver cómo me miraba, se me aceleró el pulso, pero mantuve el control: lo saludé con un «hola» efusivo y le di dos besos contenidos. Al verle el maillot empapado y el esfuerzo de la subida aún marcado en las piernas, le ayudé cogiendo la bici para meterla en el jardín. Me sorprendió lo poco que pesaba.

Nos acercamos a la mesa e hice las presentaciones, breves, porque en alguna ocasión ya le había hablado de Mario y de su marido. Él se quitó el casco y se sentó. Le pregunté si quería algo; dijo que tenía sed y que estaba cansado, así que le serví un zumo bien frío.

Hablamos de todo y de nada, midiendo distancias y tanteando el terreno, con esa extraña sensación de que los secretos guardados a medias el tercero ya los intuía… Fue ahí cuando noté que Mario empezaba a mirarlo con un interés que iba mucho más allá de la cortesía.

Tras unos segundos de silencio, nada incómodos, le sugerí que se metiera en la piscina mientras le lavaba la equipación. Se excusó diciendo que no traía bañador. Insistí. Miró a Mario, después a mí, y preguntó si no nos importaba. Le dijimos que no. Se desnudó sin más y se zambulló en el agua. Le dejé un par de toallas sobre una de las tumbonas para que se secara y se cubriera al salir…

Fui a la cocina a preparar algo. Mario vino conmigo. Desde la ventana podíamos verle furtivamente, nadando de un lado a otro… y flotando boca arriba, desnudo. Me excitó. Miré a Mario y noté también su excitación. Estábamos cachondos, cada uno a su manera… y ambos con la misma persona.

Salió del agua, se secó con la toalla grande y se anudó la pequeña a la cintura. Salimos con una fuente de mini bocadillos y algo de beber. Se notaba el hambre: los fue terminando uno tras otro. Entre bocado y bocado nos contó las peripecias de la etapa y dijo que tenía las piernas y la espalda algo cargadas. Fue entonces cuando le ofrecí un masaje para soltar la tensión de la carretera. Aceptó sin dudar y se recostó en la tumbona, boca abajo…

Entré en casa a buscar el aceite de masaje. Lo guardaba en una caja, escondida en el fondo del armario. Al abrirla, vi que la botellita aún tenía un poco. La destapé y la inconfundible fragancia me transportó de inmediato a aquellos momentos tan intensos.

Pero la caja contenía algo más. Allí estaba todo nuestro arsenal: la lencería, los accesorios, los juguetes con los que llevábamos nuestras fantasías hasta el límite. La visión de aquellos objetos y el recuerdo de cómo los usábamos, de cómo él respondía, de cómo me obligaba a ir más lejos, y yo a él, me provocó una sacudida de morbo caliente que bajó como un torrente entre mis piernas…

Volví con el frasco y me arrodillé junto a la tumbona, a la altura de su espalda. Lo esparcí abundantemente desde sus hombros hasta la zona lumbar. Al posar las manos sobre su piel sentí una corriente eléctrica, que seguro él también notó… Hacía tiempo que no nos tocábamos, pero la memoria de la piel es obstinada, y bastó un leve roce para que su musculatura cediera, reconociéndome al instante. Sin decir una palabra, nos entregamos unos segundos a ese reencuentro mudo, disfrutando del contacto en silencio, paladeando la discreta familiaridad con la que mis dedos volvían a recorrer su relieve.

Pero entonces levanté la vista y me fijé en Mario. Estaba observando el vaivén de mis dedos sobre su espalda con una atención mezclada con lujuria descarada. No sólo miraba el cuerpo de un hombre desnudo; miraba la libertad con la que yo lo poseía, disfrutando de esa escena como si mis manos fueran la extensión de su propio deseo. Le sostuve la mirada y arqueé las cejas, formulando una pregunta en silencio: «¿te gusta?». Un leve cabeceo, asintiendo, fue su respuesta.

Entonces decidí ir un paso más allá…

— ¿Por qué no le preparas un vaso de limonada con menta… y unas gotas de valeriana y pasiflora? —le dije en voz baja.

Mario asintió y se levantó hacia la cocina. Volvió al cabo de unos minutos con un vaso con hielo. Él se incorporó un poco, lo bebió casi de un trago y se recostó de nuevo. Seguí trabajando la espalda con lentitud. Me generaba un placer profundo volver a sentir su piel, volver a recorrerla después de tanto tiempo. Su cuerpo respondía a mis caricias: un leve estremecimiento, un pequeño movimiento de cadera, una respiración que se cortaba un segundo… y después volvía a soltarse. Así estuve varios minutos. Poco a poco su respiración se hizo más lenta, más profunda. Y sus músculos empezaron a relajarse y a ceder bajo mis manos. El efecto de la hierba y el calor del masaje se sumaban, y el cuerpo se le ablandaba sin que él hiciera nada por impedirlo.

Bajé hasta la zona lumbar. Las manos se movían con calma, firmes. De pronto, sin que nadie la empujara, la toalla se desató y cayó al suelo. Sus nalgas quedaron al descubierto. No me detuve. Tampoco me apresuré. Seguía masajeando, pero ahora la mirada se me iba más abajo, regocijándome con esa piel que hacía años no veía. En mi cabeza empezaba a formarse con claridad algo con lo que había fantaseado durante mucho tiempo y que nunca, hasta ese momento, había ocurrido.

Me giré hacia Mario, que seguía sentado en la mesa mirándonos, y con un gesto mínimo, ladeando apenas la cabeza, le indiqué que se acercara. Se levantó en silencio y se arrodilló al otro lado de la tumbona. Mientras yo mantenía la mano izquierda sobre una de sus nalgas, Mario posó la derecha justo al lado, con precaución al principio, como si estuviese haciendo algo prohibido, y con mimo después, como si quisiera sentir el calor de esa piel. A continuación empecé a mover la mía con lentitud, y él me siguió. Nuestras manos se rozaban, se turnaban, se deslizaban juntas. Primero sobre la superficie, después hundiendo un poco más los dedos, abriendo caminos hacia más abajo y más adentro, sin prisa, sin pausa, sin brusquedad...

Él no se movió. No giró la cara. Su respiración seguía lenta, profunda. No sé si sabía lo que ocurría, o si simplemente ya no le importaba…

El morbo me subió denso, silencioso. No lo había planeado. Simplemente estaba sucediendo. Yo lo tenía ahí, boca abajo, expuesto, y había invitado a Mario a tocarlo. Estábamos haciendo algo nuevo para los tres, y el hecho de que no apartara las caderas, de que se dejara, despertaba en mis entrañas un apetito oscuro y perverso.

—¿Estás bien?

Respondió que sí, con una voz pesada, adormilada.

Insistí, más baja:

—¿Te gusta?

Me respondió con un «mmmm» grave, inconfundible, que inmediatamente reconocí, porque era el mismo con el que antes me concedía el salvoconducto para ir hasta donde yo quisiera…

Dos manos sobre él.
Una mía.
Otra de Mario.
Y yo, mirándolo, con la certeza de que algo muy intenso estaba a punto de suceder…

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