Creo que para algunos el concepto de "pareja" está sobrevalorado. Sí... algunos lo pintan como un lazo casi místico: almas que se reconocen y se funden en una armonía eterna. Farfolla que suena a chick-lit, a relato romántico de Corín Tellado, o Barbara Cartland… o a culebrón venezolano... o, peor aún, a mala telenovela turca. Para otros, la pareja es un límite, un freno con el que detener cortésmente los impulsos básicos de terceros de profanar lo ajeno: "lo siento, tengo pareja". Ya... tienes pareja... hasta que aparece alguien que mejora lo presente... y entonces ni hay pareja, ni hay armonía eterna.
Lo que hace que deseemos unirnos a otro es otra cosa...
Cuando llegamos a esa edad en la que las brasas del deseo se van apagando, buscamos a alguien que nos evite la soledad del camino; alguien que nos acompañe a hacer la compra, a tomar una cerveza o a envejecer sin ruido. Pero cuando la llama está encendida, cuando el deseo arde con intensidad en nosotros, lo que se esconde bajo ese "vínculo" es simple y llanamente biología: carne, sangre caliente e instintos que no consultan a la conciencia ni a la moral.
El macho alfa no se anda con romanticismos; mira y selecciona hembras fértiles con crudeza biológica. Nuestro código genético no entiende de amor eterno: sólo nos empuja a esparcir la semilla en tantos vientres como seamos capaces de conquistar. Buscamos el vigor y frescura de la juventud: tetas firmes, vientre plano que confirma que está libre para recibir su carga y caderas anchas que garanticen el parto. Queremos el culo carnoso balanceándose como una invitación y labios húmedos que prometan una boca dispuesta a complacernos... en todos los sentidos. No buscamos perfección estética, buscamos el rastro animal: una forma de caminar, un olor a hembra encendida que nos golpee el instinto o una actitud de entrega que nos facilite el dominio. Si vemos a esa hembra, no razonamos. El cerebro reptiliano toma el mando y la polla manda sobre la cabeza. El resto —la cortesía y las palabras bonitas— es sólo el trámite necesario para llegar a lo único que importa: follarla, poseerla y dejar nuestra huella antes de que aparezca un rival.
En la hembra, el vínculo se establece de otra forma. Es la búsqueda del macho que la proteja y que provea recursos… para ella... y para su futura prole. Se rinden ante el ejemplar morfológicamente superior —mandíbula marcada, hombros anchos, voz grave, virilidad prominente—, ante el macho que porfía, que reta y que pelea por su supremacía. Buscan un macho fuerte, que las domine, porque en su fuerza encuentran la liberación de no tener que pensar o decidir. Es la hipergamia: una pulsión ancestral que ignora el amor romántico.
No es una elección racional, es un código genético hardcodeado en vuestro cerebro tras milenios de evolución. Ante un high-rank male, el instinto os dispara la necesidad de exhibir un fertility display: exponer el cuello, ladear la cabeza, o coger el pelo y llevarlo, con un movimiento lento y deliberado, hacia los labios, sonriendo y sosteniéndole la mirada un segundo más de lo debido antes de bajarla con fingida timidez…
O algo más directo y visual, como caminar contoneando las caderas y arqueando la espalda; herramientas de un encanto primitivo diseñadas para atraer la atención de un macho de high mating value.Sin embargo, el macho alfa, cuando detecta estas señales de Proceptive Behavior, no debe precipitarse. Una intrusión demasiado directa podría activar los mecanismos de defensa instintivos y provocar el rechazo. Aquí es donde entra el Strategic Courtship: él detecta esas señales y te "cocina a fuego lento", entrando en un juego de seducción que mantenga y eleve la Sexual Receptivity. Es un proceso de calibración constante para empujar el Arousal Threshold hasta su límite. A través de este dominio psicológico, vuestra inicial resistencia racional se disuelve, dejando paso a la Sexual Compliance, y a que el macho alfa obtenga lo que quiera de vosotras.
Y tú no eres inmune a esto, querida. Tú también participas en este juego ancestral. Hubo un momento en que tu biología te llevó a elegirme porque viste en mí al macho alfa capaz de darte lo que necesitabas. Y te lo di... y te lo seguiré dando.
Pero algo primitivo se despierta en ti cuando tu encanto provoca la codicia en machos ajenos… La notas en sus miradas … Pero no es el qué.. sino el quién. Y cuando tus ojos se cruzan con los de un hombre de alto rango, ese que invade y domina el espacio sin pedir permiso, proyectando fuerza y victoria en cada gesto, tu comportamiento cambia… sutilmente. Crees que es imperceptible, pero yo lo noto al instante.
No te culpo, porque es lo natural. Tu hipergamia no se apaga por haber elegido una vez; sólo se queda dormida hasta que un hombre superior la despierta… a veces con una simple mirada. En el fondo, tu cuerpo sólo busca confirmar que sigues estando en el mercado, que sigues siendo codiciada y que, sobre todo, que aún tienes el poder de elegir.
Como cuando fuimos a esa sala de conciertos...
Bajo la penumbra y el volumen de la música, sentiste su radar fijado en ti. En ese entorno, ser mía fue precisamente lo que te permitió jugar con fuego: mi presencia actuó como la red de protección que te dio libertad para desplegar tus señales y dotar de una sensualidad animal cada movimiento mientras bailabas, que él interpretó como una invitación a acercarse.
Pudiste rechazarlo, pero el instinto es traicionero y siempre quiere ir más allá. Te complacía que pujara por ti, que su codicia confirmara que sigues estando en el mercado. Sentir que un depredador superior te había seleccionado disparó en tu cuerpo una respuesta que tu mente no pudo frenar, y te abriste a su juego.
Entonces él movió ficha y se puso a bailar contigo. Te dejaste ir, olvidando mi presencia, porque en ese instante tu biología lo eligió a él. Sólo cuando sentiste que las cosas se salían de madre decidiste frenar y volver conmigo para salvar las formas. Pero la grieta ya se había ensanchado.
Tras ese escarceo te noté inquieta, excitada... como si buscaras algo que te faltaba, como si el cuerpo aún pidiese lo que la cabeza había interrumpido. Quiero creer que todo quedó ahí, en un baile inocente, en un manoseo casual. Pero quizás tu trayecto sola hacia el baño fue la maniobra de distracción necesaria para fabricar un vacío y volver a su lado; un paréntesis en la penumbra para sentir su aliento en tu cuello y su mano rozando lo prohibido, asegurando ese hilo del que tirar para un futuro encuentro donde la biología, finalmente, tome lo que ya ha decidido que le pertenece.
¿Y tirarías del hilo? Lo natural es que sí... y lo entiendo. Lo natural es que hagas cualquier cosa para tenerlo, para sentirlo... porque algo que no llegas a comprender —o que comprendes demasiado bien y te asusta— te está empujando a ello. Si tuvieses la oportunidad, serías él y tú, solos en el universo, sin normas, ni límites, ni pareja... Tienes ante ti unas escaleras que suben al cielo y la urgencia de claudicar ante quién es tu verdadero dueño... y las vas a subir.
Pero sentir esa fuerza natural y claudicar ante ella no es malo, querida. Os hace sentir vivas. Y a nosotros también. ¿Acaso hay algo más gratificante para un hombre que sentir que su hembra es codiciada y deseada? Es morbo puro. Pero de doble sentido, porque ambos tenemos la puerta entreabierta al upgrade... y aun así, seguimos eligiendo devorarnos el uno al otro.
Sí, darling… la puta biología nos tiene bien agarrados… y no nos va a soltar... por los siglos de los siglos, amen.



























