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12/3/26

La puta biología de los alfas y los betas…

Creo que para algunos el concepto de "pareja" está sobrevalorado. Sí... algunos lo pintan como un lazo casi místico: almas que se reconocen y se funden en una armonía eterna. Farfolla que suena a chick-lit, a relato romántico de Corín Tellado, o Barbara Cartland… o a culebrón venezolano... o mala telenovela turca. Para otros, la pareja es un límite, un freno con el que detener cortésmente los impulsos básicos de terceros de profanar lo ajeno: "lo siento, tengo pareja". Ya... tienes pareja... hasta que aparece alguien que mejora lo presente... y entonces ni hay pareja, ni hay armonía eterna. 

Lo que hace que deseemos unirnos a otro es otra cosa...

Cuando el fuego del deseo y la pulsión sexual están vivos, lo que se esconde bajo ese "vínculo de pareja" es simple y llanamente biología; carne y sangre caliente e instintos que no consultan a la conciencia, ni a la moral, ni a las normas... Es la necesidad de las hembras de cazar a un macho que las domine, que las proteja, que les dé seguridad... y que les permita sacar adelante su prole, si la hubiere... Ese macho morfológicamente poderoso, de fuerte mandíbula, musculoso, de anchas espaldas, viril... que domina el espacio sin esfuerzo, que no duda en pelear, en luchar; que obtiene recursos y proyecta victoria con solo hacer acto de presencia. Ese que huele a superioridad ante los ojos de todos.

No sabéis exactamente por qué, pero todas os sentís atraídas profundamente por ese tipo de hombre. Y esto no es bueno ni malo: es un instinto básico, ancestral, aunque algunas ilusas quieran vestirlo de un halo de romanticismo. Es la hipergamia, esa pulsión primitiva que se dispara cuando estáis cerca de uno, desatando un latigazo de humedad entre las piernas. Si por lo que sea apareciese ese macho, vuestro código genético hardcodeado en el cerebro tras milenios de evolución os provocaría instantáneamente la necesidad de atraer su atención, mediante todas las herramientas que vuestro encanto os ofrece. Y una de ellas, quizás la más poderosa, es el lenguaje corporal, el fertility display.  Se nota en la manera en la que os movéis a su alrededor, contoneando las caderas, arqueando la espalda, mostrando las curvas, ladeando la cabeza, agitando el pelo, humedeciendo los labios… 


Y a veces os funciona... Y la mirada de ese macho se posa en alguna de vosotras... o en ti, ¿por qué no?No tengo dudas de que un verdadero macho alfa que te vea se acercaría a ti, aunque estuvieses acompañada, para seducirte. Y si te dejases llevar por la naturaleza, por tu instinto, lo conseguiría, porque en ese momento no existen las normas, o los límites, o una pareja... En ese momento, sois él y tú... solos en el universo. Y si lograses un tiempo y un espacio en el que abandonarte al deseo carnal, harías cualquier cosa para tenerlo...  porque algo que no llegas a comprender, te empuja a subir por esas escaleras al cielo... que aparecen ante ti. 

 

Sí... no tengo ninguna duda: si aparece ese macho alfa acabaría poseyéndote, follándote, y su aliento, la codicia de sus manos y sus acometidas animales quedarían grabados para siempre en tu piel, en tu coño y en tu memoria.


Eso es el "vínculo de pareja" real. No es amor, y mucho menos recíproco: es admiración hacia arriba, deseo primitivo hacia quien te hace sentir deseada, vulnerable y mojada al mismo tiempo. Ese recuerdo no se borra; late como una cicatriz cada vez que cierras los ojos... y lo recuerdas. 

Pero como te decía, sentir esa fuerza primitiva, y claudicar ante ella, no es algo malo. Es más, creo que es bueno que la sientas... que la sintáis... Os hace sentir vivas... deseadas... activas... bellas. Y también es bueno que nosotros la sintamos. ¿Acaso hay algo más gratificante para un hombre que sentir que su hembra es codiciada y deseada? (me ofendería si un jeque árabe ofrece por ti menos de 250 camellos).

Lo bueno es que ahora la tecnología os ayuda… Antes, estabais limitadas por el entorno geográfico, por una supuesta virtuosidad de pacotilla, o por el número finito de hombres a la vista. Ahora lleváis en el bolsillo un catálogo infinito de pollas compitiendo por likes, stories y estatus. El cortejo se convierte ahora en una subasta global. Unos pocos elegidos se llevan la gran mayoría de vuestro deseo; el resto mendiga o paga por tener una supuesta visibilidad que nunca da resultados. Los hombres vemos belleza en un rango amplio porque obtener sexo nos sale caro. De una u otra forma tenemos que pagar. Vosotras, en cambio, situáis a la inmensa mayoría de los hombres por debajo de la media. Vuestros óvulos son caros frente a toneladas de esperma abundante... 

Pero los machos de ese calibre son escasos. Muy escasos. Ellos sí pueden elegir… y cambian de hembra cuando les apetece, porque ese mismo mercado global que vosotras usáis para buscarlos es, en realidad, su herramienta perfecta: un catálogo infinito de hembras dispuestas a complacerles sin que tengan que esforzarse, sin exponerse, sin pelear. No sois vosotras las que cazáis; sois las cazadas. Y en esa caza la competencia es feroz, implacable: otras hembras más atractivas, más agresivas, más jóvenes, más hambrientas luchan por el mismo premio. Es la female intrasexual competition en estado puro, sin normas ni piedad… así que hay que estar dispuesta a todo: vulnerar cualquier código, cruzar cualquier línea, ser más zorra, más puta que las demás… como quizás tuviste que serlo tú misma en aquel pasado, cuando robaste a tu amiga su macho empotrador y te lo llevaste sin remordimientos.

Pero esa continua lucha desgasta. Por eso, al cabo de un tiempo la mayoría acaba conformándose con otro tipo de hombre: no el que la hace temblar de deseo salvaje, sino el que le asegura recursos, estabilidad y un techo. El beta proveedor. El que llega después del incendio, cuando la llama no quema y empieza a importar más el no quedarse sola en la oscuridad.

Para el hombre beta, y ya no digamos para el omega, la situación es patética: habita una sumisión que confunde con devoción. Se deslomará por proveer, atándose como un perro fiel a las reglas de acceso que sólo ella dicta. Cuanto más se desvive por complacer, más flojo y prescindible se vuelve ante la misma hipergamia que lo juzga. Lo suyo no es un vínculo, es un contrato de arrendamiento que ella rescindirá sin pestañear en cuanto él se ablande o su estatus descienda un solo peldaño.

Ella, en cambio, nunca le pertenece del todo. Si alguna vez probó el fuego de un macho superior, vivirá como una "viuda de alfa" para siempre. El beta proveedor es siempre un parche, un apaño con el que pagar la hipoteca y mantener la fachada social. Pero en su cabeza, ella sigue follando con el otro en un bucle eterno, buscando ese rastro de ferocidad en cada orgasmo que se regala a solas... o acompañada. Su lealtad es puro pragmatismo envuelto en el celofán del "autodescubrimiento". La puerta permanece siempre entreabierta al upgrade: está lista para repetir con aquel que la hizo temblar o para entregarse a un nuevo alfa que irrumpa en su catálogo con más fuerza.

Y mientras, el beta proveedor intuye esa grieta… y no se rebela. Algunos, los que conservan un resto de autocontrol y recursos propios, optan por la practicidad fría: conviven con la posibilidad de que ella le deje por un alfa mejor, porque saben que ellos también tienen opciones. Tienen dinero, estatus, contactos, un mercado paralelo donde encontrar hembras dispuestas. Así que toleran la incertidumbre, mantienen la fachada y se buscan sus escarceos fuera del perímetro conyugal. No es ideal, pero es manejable. Saben que la hipergamia es un juego de dos direcciones, y ellos no están del todo desarmados.

Para el omega, en cambio, la duda es un veneno lento que se convierte en obsesión. No tiene red de seguridad, no tiene alternativas reales, no tiene nada que ofrecer más allá de su devoción absoluta. Vive alerta, complaciente hasta la náusea, dispuesto a tragárselo todo con tal de no quedarse solo en la oscuridad. De ese terror nace su filia más oscura: un voyeurismo resignado, el miedo dulce y enfermizo de imaginarla sometida por otro. Se excita en la sospecha de los cuernos que no ve pero presiente, encontrando una erección desesperada en el mismo escenario que lo anula por completo. Es la paradoja perfecta: su propia humillación es lo único que lo mantiene atado a una mujer que ya está mirando hacia arriba, esperando el momento de soltar su mano.

El “vínculo de pareja” es la mentira más hermosa que nos contamos para conciliar el sueño. El uno se desvive y acepta cualquier cosa atándose; la otra gestiona deseo y pragmatismo.

Pero no sé qué hago filosofando sobre estas nimiedades... 

Y es que nosotros, querida, somos alfas... macho y hembra alfa en estado puro: sin límites que apaguen el fuego, sin obligaciones que diluyan el deseo. Solo la emoción básica, esencial, cruda: piel contra piel, sudor, gemidos ahogados, urgencia de corrernos juntos como si no hubiera mañana… 

Y es que la puta biología nos tiene bien agarrados… por mis huevos... y por tu coño... y a ninguno de los dos nos va a soltar. Así que volvamos a la versión 2.0 de nuestro código genético y follemos desde la alfa... hasta la omega. 

27/11/25

Las dos caras de la moneda...

Imagínate ser Plex en este mismo segundo.

El café es negro, fuerte, casi amargo, y lo tomas de pie, desnudo, con la piel todavía oliendo a Aitana y a sexo de madrugada. El sol entra bajo por la cristalera de la villa sobre pilotes y el jacuzzi privado burbujea como un coño que espera lengua. El mar es azul intenso...  Los pececitos plateados nadan debajo de la terraza de cristal; si te tumbas boca abajo verías cómo rozan el fondo transparente con sus bocas diminutas, como si quisieran chuparte los huevos desde abajo.

Y entonces vuelves a mirarla.

Aitana duerme bocabajo, exactamente como la dejaste hace unas horas: una pierna recogida, la otra estirada, la sábana hecha un nudo a la altura de las rodillas. El tanga plateado se ha hundido tanto entre sus nalgas que parece una raya de cocaína lista para ser esnifada. La cerne de su culo es firme, dura, como si estuviese tallado en mármol. Aún lleva las marcas de tus dedos y la del mordisquito que acabas de darle. Respira despacio, suavemente… y con cada respiración, sus nalgas tiemblan levemente… y ella lo sabe… Notas cómo su cuerpo se prepara: el coño se humedece solo con tu olor, con tu presencia.

Te acercas sin prisa. Dejas la taza. Apoyas una rodilla en la cama. Le separas las nalgas con las dos manos como quien abre un libro sagrado y te hundes. Lengua primero, lenta, profunda, recorriendo el ano y bajando hasta el clítoris hinchado. Ella se despierta con un gemido largo, animal, arquea la espalda y empuja contra tu boca como si quisiera tragarte entero. “Más”, susurra. “Más adentro”. Y tú obedeces, porque follar a Aitana es un privilegio que no se discute.

Cuando ya está temblando, la giras, le abres las piernas como si fueran alas y se la metes hasta el fondo de un solo golpe. Crudo. Ella grita, te clava las uñas en la espalda y empiezas a percutir, a horadar su coño rebosante de humedad y deseo. Os corréis juntos, fuerte, sucio, con el semen saliendo a borbotones. Notas cómo ella aprieta las paredes de su coño como si no quisiera dejarte salir nunca.

Después os ducháis. Te la follas otra vez contra el cristal, con el océano de testigo, viendo cómo el agua resbala por sus tetas y por tu polla todavía dentro de ella. Desayuno en la terraza: mango que chupa de tus dedos, yogur que lames despacio de sus pezones endurecidos. Buceo entre corales, su culo enfundado en neopreno rozándote bajo el agua. Por la tarde otro polvo lento en la hamaca, ella encima, moviéndose despacio, mirándote a los ojos mientras se corre otra vez, y otra, hasta que el sol se hunde y vosotros os hundís el uno en el otro. Por la noche volveréis a empezar: la pondrás contra la barandilla, la abrirás con los dedos, la harás gritar mirando las estrellas mientras te vacías dentro de ella una y otra vez.

Eso es un lunes para Plex.  
Eso es estar vivo de verdad.

Y en el otro lado de la moneda… tú, Juan Antonio.

Despiertas a las seis y cuarto con el llanto del pequeño Izan que otra vez se ha meado en la cama. El olor ácido te golpea la nariz antes de abrir los ojos. Tu mujer, hinchada de rencor y de embarazos no deseados, te escupe desde la puerta: «Límpialo tú, que yo ya no puedo más». El utilitario de 2007 en el taller, tú apretujado en un autobús que apesta a vejez, a sudor frío y a vidas que se apagaron sin hacer ruido.

El vaho empaña los cristales y te obliga a verte reflejado entre caras muertas: ojeras, papada, calvicie incipiente, mirada de perro apaleado. Piensas en la última vez que follaste a tu mujer. ¿Cuándo fue? ¿Hace un par de meses? ¿O de años?. Lo que sí recuerdas es que el último polvo fue un trámite de tres minutos: misionero rápido, ella ausente, cerrando los ojos, y tú eyaculando en silencio… porque las paredes del cuchitril donde vives son de papel. Desde que parió a Izan su coño es territorio prohibido, su deseo un cadáver que nadie se molestó en enterrar.

Estás tan cansado que el cansancio te sale por los poros como pus. Cansado de cargar niños, hipoteca, reproches. Cansado de masturbarte en el baño mirando videos en Pornhub... o fantaseando con la nueva becaria de Recursos Humanos de la empresa...  Cansado de despertarte con la polla muerta y el alma más muerta todavía. Cansado de saber que esta noche tampoco habrá nada, que mañana tampoco, que quizá nunca más habrá nada que merezca la pena.

Plex se despierta dentro del coño caliente de Aitana.  
Tú te despiertas fuera de la vida desde hace años.

A las dos realidades les llaman «vida».  
Pero solo una te hace eyacular vivo…  
y la otra te castra despacio, todos los putos días, hasta que ni te queda rabia para gritar.

Juan Antonio, cierra los ojos un segundo y dime en qué lado de la moneda estás ahora mismo…   y si todavía tienes cojones para cambiarlo.

23/8/25

Con derecho a roce…

Bajo la luna llena, sus miradas se cruzaron, cargadas de anhelo y complicidad. Sus manos se encontraron… El roce fue eléctrico, un susurro de deseo contenido. 

“No deberíamos…”, pero sus labios se unieron como dos imanes en un beso robado, breve pero intenso, que sabía a prohibición y libertad.

Se escabulleron a un lugar discreto, donde la urgencia dio paso a una ternura inesperada. Sus cuerpos, ansiosos por recordar lo que la rutina les había negado, se entrelazaron con cuidado, como si temieran romper el momento. Cada caricia, una intención; cada suspiro, una señal; cada embestida, una confesión. 

Cuando todo terminó, se quedaron abrazados, riendo en voz baja, sabiendo que ese instante era prestado. Hablaron con franqueza: sus vidas seguían ahí, con las respectivas cuerdas que les ataban. 

“Esto no puede ser más que un escape”. La realidad pesaba, pero no querían renunciar del todo. 

“Podemos vernos… a veces.”.  Encuentros furtivos, noches robadas, momentos que no pedirían más de lo que podían dar.

Se despidieron con un abrazo que prometía poco y mucho. Pero en sus teléfonos quedó un número sin nombre, un código para citas clandestinas. Sabían que no habría futuro, solo encuentros esporádicos, un café, una cerveza, o una habitación alquilada por horas. 

Y así, con el corazón dividido entre la culpa y el deseo, aceptaron esa frágil tregua: amigos en la sombra, amantes a ratos, guardianes de un secreto con el que sentirse vivos.

28/7/25

Sagrario…

Sagrario, o Ari, como prefería que la llamasen… 

Los signos del tiempo apenas habían hecho mella en sus facciones... Tenía esa elegancia natural y la presencia magnética que tienen las mujeres que son conscientes de su atractivo. Pero lo que más me llamó la atención eran la seguridad, la serenidad y la confianza en sí misma, cualidades propias de quien ha amado mucho… y no se ha arrepentido Y por por eso extraños avatares que depara el destino, sin buscarnos, nos encontramos.

Ocurrió hace unos días, en la playa… Aprovechando una coyuntura favorable y ciertas casualidades, me llevó a su casa. Íbamos a lo que íbamos… Aire espeso, lujuria y ansia de placer furtivo. Inmersos en la penumbra, me miró… y yo a ella.  Dejó caer su vestido al suelo… y se tumbó sobre las sábanas revueltas, mostrándome sus encantos.

Me miró con su ojos oscuros, que me retaban, centelleantes, a sostener mi mirada en ellos o en la mano que deslizaba lentamente, y con intenciones nada ocultas. por su silueta…

Entonces lo vi: el tatuaje. Una serpiente negra y fina, reptando entre sus generosas tetas. Mi corazón dio un vuelco. 

  

Alguien me dijo una vez que acabaría con una mujer con un tatuaje en el pecho, y que esa era la señal de que Dios me había dado la espalda… Pues ahí estaba yo, hipnotizado por la serpiente, borracho de lujuria, la boca seca, el alma ardiendo y una polla inflamada de furor adolescente.

Se alzó en la cama, gateando hacia mí con una lentitud que me enloqueció. El tatuaje serpenteaba con cada movimiento, como si estuviese vivo entre sus tetas.

- “¿Te asusta?”, susurró, rozándome con sus labios mientras sus dedos recorrían mi pecho, deslizándose hacia abajo con nada veladas intenciones….

No respondí. Tampoco ella lo esperaba. Con experta destreza, desabrochó mi cinturón, liberó el botón del pantalón y con un enérgico tirón, dejó al descubierto mi polla, que instintivamente alzó el vuelo. 

Para liberarme de los grilletes de mis pantalones, me senté torpemente en la cama, a su lado. Me quité las zapatillas e intenté despojarme de los vaqueros, pero no hay nada menos erótico que intentar quitarse a toda prisa unos 511 pitillo. 

Desnudos por fin, para compensar su incómoda espera la levanté de la cama y la atraje hacia mí. La besé, enredando mi lengua con la suya, saboreando su boca, mientras mis manos exploraban sus nalgas, apretándola contra mí con un ansia que se topó con la incómoda firmeza de mi inflamada verga…  

Busqué una mejor postura y la tumbé suavemente sobre el colchón. Ella reptó un poco hacia atrás, apoyándose en los codos, sin apartar sus ojos de los míos. Estaba irresistible… De pronto separó sus piernas y me mostró impúdicamente su sexo, que aparecía ante mi como un delicioso manjar imposible de ignorar y de reprimir.

Me arrodillé al pie de la cama, orando, dispuesto a recibir la eucaristía de su sagrado coño… Elevé sus piernas, apoyando las corvas en mis hombros. Inclíné mi cabeza y acerqué mi lengua a su femenina intimidad: sabía a sal, a espuma, a pura tentación… y a pecado. Lamí y mordisqueé con fruición sus pliegues, su clítoris, cada rincón de su coño, empapándolos de una lujuria descarada. Ella se retorcía de placer, arqueando la espalda, apretando sus piernas… temblando como una hoja al viento en plena tormenta. Pero yo no cedía en mi empeño… Sabía demasiado bien… y ella estaba tan cachonda… como yo. 

Mi lengua recordó lo practicado no hace tanto (y nunca olvidado), y se concentró en su clítoris, abultado, al que atormentó sin piedad. Estiré mi mano izquierda, en busca y captura de la cima de su teta, que mis dedos encontraron, muy dura y erizada… y deslicé mi mano derecha hacia atrás, dejando que mis dedos exploraran las profundidades de su suntuosa anatomía. Giré la muñeca, extendiendo el índice hasta rozar la rugosa textura que envolvía su punto G. Era un asalto coordinado a sus centros de placer: mis labios devorando su clítoris, una mano apretando su pezón, la otra profanando su sexo, primero con un dedo… luego dos… y tres… Estaba tan excitada y dilatada que podría haber deslizado toda mi mano dentro, pero ese honor lo reservaba para mi polla.  

Poco a poco retiré mis dedos, empapados en una capa cálida y viscosa del néctar de sus jugos, que delataban que su placer no era fingido. Aparté también mi boca, lo que me permitió ver su sonrosado sexo, hinchado, húmedo y brillante como una cereza madura, jugosa, lista para ser devorada…

Con una caricia lenta y deliberada, tracé un último recorrido con mis dedos: desde el cuidado triángulo de su vello púbico, descendiendo por la ardiente bisectriz, rozando su palpitante clítoris, bordeando los labios inflamados que parecían suplicar más… 

Pero la tentación me traicionó, y uno de mis dedos, osado e insolente, se deslizó sin permiso hacia el fruncido borde de su ano, invadiendo con descaro esa frontera prohibida. Su reacción fue inmediata: un chorro caliente de sus fluidos brotó de su coño, acompañado de un torrente de obscenidades que salpicaron mi cara… y mis oídos. 

- “¡No sabes lo que has hecho, no sabes lo que has hecho!”, me gritó entrecortadamente por sus jadeos… sin saber yo si era un reproche o un eco de admiración por haber desatado algo que ella misma anhelaba en secreto. 

No tengo idea de lo que habrían visto u oído las paredes de su habitación: sus susurros, sus gemidos, sus pecados… no es asunto mío. Pero como se estaban dando las cosas, estaba claro que lo próximo que presenciarían sería algo nuevo, brutal e intenso: un choque de carne y deseo que las haría temblar de puro vicio. No sé si sería la primera vez que esas paredes se escandalizaran (no soy tan arrogante como para asumirlo)… pero, con cada fibra de mi ser, me proponía que no fuera la última. 

Si Dios quería darme la espalda, no podría haber encontrado un altar mejor al que rendir culto y en el que caer en la tentación, el vicio y el pecado.

18/7/25

Está ahí... créeme.

- Otra vez lo mismo. Encuentros, deseo, piel… Pero, ¿dónde están los sentimientos? ¿El amor que da sentido? ¿Sólo hay sexo en Monoloblogs?

- Todo se entrelaza… El sexo no es sólo cuerpo, carne... es un idioma íntimo, ancestral, donde la piel y el alma hablan sin que la razón participe... o entienda. 

- Pero vas siempre al grano. A veces parece que no hay lugar para la ternura, o el compromiso.

- El deseo es una parte de un todo que sólo llega tras haber conectado en lo más profundo... No sabes qué es, ni por qué... pero de pronto, tras una conversación, o tras un gesto... o una simple mirada... o una sonrisa surge una chispa que enciende el deseo... y la confianza…

- La confianza no se improvisa.

- No... Pide tiempo, espacio, compartir pensamientos, emociones... Lo ideal es tejerla mirándose a los ojos, rozándose con una caricia... en la penumbra. Pero a veces, en la distancia dependemos de lo intangible: de un texto, de una imagen que compartimos, de unos susurros escritos que, quien sepa leer entre líneas, los sentirá en su corazón...

- ¿Tanto te cuesta decir amor? 

- Es una palabra demasiado breve para su trascendencia. Lo sentí, lo viví... pero se estancó... y se transformó en apego... en posesión...  Intenté evitarlo por un tiempo... pero él sabe cómo encontrarme.  En cada palabra, en cada imagen, en cada historia hay un pedacito de él... y de mí... aunque sea tan torpe expresándolo...

- Pero no lo veo.

- Pues está ahí, créeme...

23/6/25

La llamada perdida...

Es una sensación extraña. Te siguen (y sigues) a cientos, o miles de personas en redes sociales, pero realmente no conoces a casi nadie. Y viceversa...

Grandes números para conseguir status social, pero que te dejan por dentro un vacío inmenso. No te leen, ni te escuchan, sólo responden mecánicamente con un "me gusta", quizás esperando reciprocidad. 

Estamos atrapados en una dinámica de autopromoción, en la que subimos fotos impecables, historias editadas y reels ansiando un poco de atención. 

Esta abundancia digital, saturada de notificaciones y presión constante por superar el último post, erosiona nuestra intimidad y nos sumerge en un mar de superficialidad. Es una paradoja que, en la era de la hiperconexión, nos sintamos tan desconectados.

Hace treinta años, en los lejanos y felices 90, la realidad era radicalmente distinta. Nuestra agenda cabía en una libretita o un papel doblado, con apenas 9 o 10 números de teléfono anotados a mano. Sin smartphones ni internet, la comunicación se forjaba en la escasez, lo que le otorgaba un valor incalculable. 

Un símbolo de esa época eran las cabinas telefónicas. Recuerdo cuando a las 22:00 hacía cola frente a una, esperando mi turno para llamar a mi novia. Todos aguardábamos al horario reducido de Telefónica, dosificando las monedas, planificando la conversación, midiendo cada palabra y cada segundo. Era un ritual de paciencia y anticipación, donde cada interacción contaba.

Los móviles fueron un avance, sí, pero con sus propias limitaciones. No había videollamadas ni chats ilimitados, pero incluso en esa transición, las emociones encontraron un cauce: los SMS. Sin embargo, tenían un coste. Y la escasez, una vez más, agudiza el ingenio. Una de las formas más ingeniosas de decir un "te quiero" sin dejarte la cartera era la llamada perdida: marcar, dejar que sonara una vez y colgar. Era gratis, un truco nacido de la necesidad, y sin embargo, cargado de un profundo significado que solo aquellos que lo vivieron pueden comprender.

Enviar una llamada perdida era un acto de vulnerabilidad y deseo. Sentía el corazón acelerado al hacerlo, imaginando cómo el receptor —quizá un amigo, quizá alguien especial— vería ese número y sabría que estaba en mi mente. Era una manera de decir “te quiero” o un “pienso en ti”, sin gastar un céntimo, un susurro silencioso que cruzaba la distancia. Recibirla, por su parte, traía una mezcla de curiosidad y calidez, como si un hilo invisible se tensara entre dos personas.

El contexto lo hacía aún más intenso. Una llamada perdida a medianoche era un grito de anhelo, un eco de insomnio compartido. Durante el día, podía ser un “¿dónde estás?” o un “no te olvido”. No había necesidad de explicaciones; el código era intuitivo, un lenguaje que solo entendían quienes lo practicaban. En esa escasez de recursos, cada vibración del móvil se convertía en un tesoro emocional, una conexión pura que no requería filtros ni poses.

Quizá por eso, en medio de esta era digital, a veces cierro los ojos y recuerdo esas colas a las 22:00, el frío de la cabina, el sonido de las monedas. O la primera vez que envié una llamada perdida, con el pulso temblando, sabiendo que ella, al otro lado, la recibiría como un mensaje de amor

Fue un tiempo donde menos era más, y el corazón hablaba más fuerte que cualquier pantalla.

1/5/25

Adentrándose en lo desconocido...

(viene de aquí)

Intento recuperar el aliento. El aire huele a nosotros, a sexo, sudor y perfume, todo mezclado con el intenso ambientador floral del motel…

Ahora reina el silencio. Sólo unos minutos antes, estábamos envueltos en una tempestad de lujuria, en la que la tía chunga se encaramó sobre mi para cabalgarme frenéticamente, agitando sus caderas con una ferocidad salvaje. Sus muslos apretaban mi cuerpo en cada embestida, sus tetas se balanceaban al ritmo de su furia, y sus manos se clavaban en mi pecho, marcándome con sus uñas, mientras gritaba “dame más, dame más…”. Sus gemidos, entrecortados, obscenos y salvajes, se mezclaban con el roce húmedo de nuestros cuerpos, mientras mi respiración se quebraba bajo su peso. Cada movimiento suyo, cada oscilación de su pelvis, era un asalto implacable, como si quisiera vaciarme y absorber toda mi energía. 

Y lo consiguió…

Giro la cabeza y la veo, tumbada a mi lado, dormida, exhausta por el esfuerzo. Su cuerpo desnudo refleja la luz mortecina de la lámpara, sus nalgas y sus tetas brillan suavemente, probablemente por no haber sido muy expuestas al cálido roce del dios Sol. Acaricio la piel de su vientre, caliente y pegajosa por la saliva, el semen y las humedades de su sexo, huellas del deseo recién consumado. Pero mi roce la despierta…

Se alza lentamente, apoyándose en un codo, curvando su cuerpo mientras se vuelve hacia mí. Su oscura melena se desliza sobre un hombro. Está encantadora. Sus ojos me recorren con una intensidad que me pone en alerta, y una sonrisa traviesa curva sus labios, como si hubiera sido un error no dejarla descansar.

¿Tardas mucho en recuperarte? —pregunta, su tono burlón, provocador.

A ver… no soy un veinteañero. Necesito mi tiempo —respondo, medio en broma, medio en serio, sintiendo aún el cansancio en los músculos.

Bueno… pues habrá que hacer algo al respecto —dice, y su voz tiene ese tono de mando que no admite réplicas pero que insinúa algo excitante.

Y antes de que pudiera decir nada, se estiró hacia la mesita de noche y abrió un cajón del que sacó una botella de aceite de almendras, al parecer incluida en el extra de "boutique erótica". Me quedé inmóvil, aún agotado por el polvo anterior, esperando que sus manos vinieran a mí.

Pero no… 

En lugar de eso, vertió el aceite en sus palmas, lo calentó con un roce lento y deliberado, y comenzó a masajearse a sí misma.

Sus manos resbalan por sus tetas, apretándolas con una obscenidad descarada. Sus dedos rodean sus pezones, endurecidos, pellizcándolos ligeramente hasta que un gemido suave escapa de sus labios. El aceite brilla sobre su piel, resaltando cada curva, cada movimiento. Desliza las manos por su abdomen, trazando círculos lentos, provocadores, antes de bajar más. Sus dedos se aventuran entre sus piernas, abriendo los labios de su coño con una caricia que me derrite. Con las yemas de los dedos, frota su clítoris en círculos precisos, alternando presión y ritmo con una intensidad que tensa su cuerpo. Tras pellizcarse un pezón con la otra mano, introduce dos dedos en su sexo, gimiendo mientras su cabeza se inclina hacia atrás. El sonido húmedo de su placer llena la habitación y mi respiración se acelera.

Mis ojos están atrapados en la forma en que su cuerpo se agita, se estremece; en la manera en que masajea sus tetas y aprieta sus pezones; en cómo sus dedos entran y salen de ella con una cadencia que me hechiza. A pesar del cansancio, mi cuerpo reacciona, y despierta una erección con una inmediatez e intensidad que no esperaba. Ella lo nota, por supuesto. Sus ojos se fijan en mi polla, cada vez más dura, y su sonrisa se ensancha, satisfecha, como si hubiera planeado cada segundo de esto.

Túmbate boca abajo —ordena, su voz baja, cargada de autoridad.

Obedezco sin pensarlo, casi por instinto, apoyando mi pecho contra las sábanas arrugadas de la cama. Mi corazón late con fuerza y un escalofrío de excitación recorre mi cuerpo, aunque no tengo ni idea de lo que viene. Sus manos, cálidas y resbaladizas por el aceite, comienzan a deslizarse por mi espalda, masajeando con una lentitud deliberada que me hace estremecer. Cada roce es preciso, como si estuviera midiendo mi reacción, desarmándome poco a poco. Sus dedos bajan, rozando mis nalgas con un descaro que me pilla desprevenido. Mi respiración se entrecorta, y sin darme cuenta, separo ligeramente las piernas, cediendo al impulso de facilitarle el camino.

Sus manos no titubean. Continúan su descenso, explorando mis muslos con una caricia que incendia mi deseo e inflama mi sexo. Siguen más abajo, hasta las pantorrillas, y vuelven a subir, lentas, implacables, para adentrarse de nuevo entre mis muslos, rozando la piel de mi escroto con una intención alevosa que me arranca un ronco gemido. La sorpresa me atraviesa, un relámpago de placer mezclado con desconcierto. Mi erección, atrapada contra el colchón, palpita con una intensidad que casi duele, y ella suelta un "Mmm... buen chico" con tono de satisfacción, como si mi reacción fuera exactamente lo que había planeado.

Sin pausa, sus dedos abren mis muslos con una insolencia que me deja expuesto, vulnerable. No pide permiso, no pregunta; simplemente actúa. No puedo verla, pero la imagino atenta a cada estremecimiento, cada sonido que se me escapa. Cada movimiento suyo parece diseñado para sorprenderme, para empujarme más allá de lo que esperaba, y yo, atrapado en su ritmo, no puedo hacer más que rendirme y dejarme hacer.

Ella intenta jugar con mis huevos, pero mi posición, boca abajo contra las sábanas, no le da mucho margen. Siento sus dedos tanteando, buscando, y un impulso me lleva a actuar: encojo ligeramente las rodillas, elevando las caderas lo justo para facilitarle el acceso. Mis pelotas quedan ahora más expuestas, y la presión de mi erección contra el colchón se alivia, aunque no el calor que me quema por dentro. Sus manos aprovechan al instante, acariciando mis testículos y agarrando mi verga con no mucha delicadeza, lo cual me arranca un gemido gutural ahogado de placer.

Mis caderas se estremecen de placer y tenso mis nalgas. Ella sigue apretando, un poco más fuerte, como si quisiera medir mi reacción.  Con un hilito de voz le digo que vaya más despacio, porque si sigue así va a provocar que me corra... Ella, con un movimiento lento, poco a poco libera mi polla... e inclinándose hacia adelante me dice: “Mira qué cachondo y guarro te pones,” con un tono burlón...

Pero no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente... 

Su mano izquierda retomó su danza, deslizándose entre mis muslos con la gracia de quien acaricia las cuerdas de un arpa. Es entonces cuando su dedo pulgar trazó un camino lento y deliberado ascendiendo desde la base de mi polla, rozando mis huevos hasta detenerse en la entrada de mi ano. El gesto desató un latigazo de estremecimiento que me atravesó el estómago, encendiendo cada nervio en una mezcla de alarma y fascinación. Mis glúteos se tensaron al instante, contrayéndose como si quisieran resguardar esa frontera prohibida. Sin embargo, una curiosidad oscura y morbosa se enroscó en mi interior, paralizándome, como si esperara la próxima nota de ese arpegio inesperado.

Ella percibe mi reacción como un depredador que olfatea la sangre y sabe exactamente cuándo atacar. No hay un ápice de vacilación en sus movimientos. Maneja sus manos con una seguridad que delata maestría en el arte de explorar los límites del cuerpo masculino. Su dedo acaricia con alevosa intención el contorno rugoso de mi ano, con una presión leve que poco a poco va incrementando, mientras traza círculos lentos y meticulosos que despiertan un estremecimiento prohibido, tan pecaminoso como liberador. 

Sus movimientos ganan intensidad, el roce de su dedo tornándose más firme, más insistente, como si descifrara los secretos de mi cuerpo con cada caricia. Las espirales que traza y la presión calculada contra el contorno de mi ano desatan chispazos de placer que recorren mi columna como descargas eléctricas. Es una sensación que se expande, enredándose en mis entrañas y alcanzando cada rincón de mi ser.

Mis pulmones arden y mi mente se sumerge en un torbellino de contradicciones. Una voz interna me insta a detenerla, a retroceder ante esta invasión que parece demasiado directa, demasiado íntima para una primera vez. Pero mi cuerpo, traidor, no obedece. Mis nalgas, tensas hace un instante, comienzan a relajarse, cediendo al ritmo hipnótico de sus caricias, abriéndose a ella, invitándola a seguir. Es como si reconocieran un placer que mi mente aún rechaza, un calor que se expande desde ese punto vulnerable y se enrosca en mi interior, susurrándome que me rinda. El contraste entre mi resistencia mental a ser profanado y la entrega al placer físico me sacude, atrapándome en una danza de deseo y temor que no sé controlar.

En un movimiento instintivo, obsceno, casi suplicante, que traiciona cualquier intento de mantener el control, elevo mis caderas. Mi polla cuelga entre mis piernas, palpitando intensamente, como si buscara desesperadamente una mano, una boca o un coño que la reclame. Estoy excitadísimo… Su dedo, o sus dedos, porque ya no soy capaz de distinguirlos, no cejan en su empeño de profanarme, a lo cual respondo con un gemido grave, gutural, casi animal, que se escapa de mis labios resonando en la habitación.

El tabú y el deseo libran una guerra silenciosa en mi interior: el pudor, esa voz temblorosa que me susurra que esto es demasiado, que debería resistirme, choca violentamente contra un morbo voraz que me consume, que me empuja a arquear las caderas, a ofrecerle más de mí sin pensarlo.

Y sin tener una respuesta a mi dilema, noto como ella se inclina y con me susurra al oído:

Voy a adentrarme en lo desconocido.

16/4/25

Tía chunga…

La primera vez que la vi, algo en mi cabeza dijo: “Esto es un error”. Sabía que era una locura. Pero no sé si es por la curiosidad, o por ese impulso idiota de probar lo prohibido, me las arreglé para quedar con ella.

Fue en un café, en Torrelodones. Llegó tarde. No me importó (esa vez). Entró con cierta cautela, como si midiera el peligro que yo podía entrañarle, quizás pensando que un tipo como yo podía ser más de lo que ella estaba preparada para manejar. Se acercó a la mesa, con un aura de magnetismo que me atrapó silenciosamente. Se sentó enfrente… no dijo nada. Sus ojos prometían problemas… y su sonrisa los confirmó. 

No tardé mucho en darme cuenta de que era vehemente, contradictoria, jodidamente desconcertante… pero que, por suerte, carecía de los repentinos problemas morales de mi penúltimo error. Su carácter era un campo minado: podía ser puro fuego, llevando la conversación por temas sexuales explícitos (¿has estado aquí con otras a las que te follaste?), quizá excesivos para un primer encuentro, y al segundo, cuando yo pretendía seguir su juego preguntando si le gustaba más arriba o abajo, un muro de hielo insípido que me hacía preguntarme si me habría pasado de frenada... Ella debió darse cuenta de que ese intercambio de pajas mentales no estaba causando el efecto deseado, por lo que decidió cambiar de tercio.
 
Y con el cambio, la conversación fluyó como un río revuelto, sin un hilo conductor claro, hablando de todo y de nada. Poco a poco, sus facciones se fueron suavizando, y mi propia guardia, que estaba alta por si ella soltaba alguna de las suyas, también bajó. Empezamos a sentirnos cómodos y confiados... tanto como para que ella confesase que tuvo dudas en aceptar la cita, porque yo le parecía un "tío chungo". Tiene gracia... yo pensaba que la chunga era ella... 
 
Y mientras los cafés se enfriaban y la conversación se calentaba, se quitó la chaqueta y, girando el torso, la colocó sobre el respaldo de la silla. Fue en ese momento cuando su blusa se abrió fugazmente, dejando entrever la suave promesa de sus voluptuosas curvas, un atisbo de piel que capturó mi mirada y aceleró mi pulso. 

No sé si fue consciente del efecto que provocó… O tal vez sí, a juzgar por la chispa fugaz en sus ojos… El caso es que en ese instante desató un huracán en el que yo, contra todo el sentido común que nos es propio en los Libra, ya sólo quería meterme de lleno. 

Y nos metimos, de cabeza y sin frenos, en un lío que sabíamos que tarde o temprano iba a doler… Pero, ¿qué cojones?, la vida si no duele no es vida… y hay que vivirla, porque quizás no haya un mañana, un otra vez, o un después. 

Ambos éramos conscientes de que lo nuestro sería clandestino desde el principio, un secreto que ninguno de los dos podemos permitirnos, pero que tampoco queremos evitar. Porque no necesitamos compañía vertical, ni noches enteras, ni promesas susurradas al amanecer e incumplidas al mediodía. Nos basta con poco… con un encuentro furtivo, arrancado a través de las grietas del tiempo y del espacio que rodea nuestras vidas. 

Y ahora estoy en uno de ellos, escribiendo estas líneas durante uno de los tedios que separan nuestros episodios de pasión, desde un motel en las afueras…
No sé cómo acabará esto…. ni quiero saberlo. 

1/4/25

C’est la vie…

Es un juego sin tregua, sin opción que escoger.

Es una amante apasionada y cruel…

Que te envuelve en su danza, que te seduce,.. 

que te arrastra… que te ata… que te hace caer…

Vivirla es abrazar sus contradicciones y aceptarla tal cual es.

Porque ella no cambia, ni cede… siempre lo haces tú.

C’est la vie…

Quizás llegue un día, cuando menos te lo esperes, 

el que te muestre una luz… en el que te seduzca con una melodía 

que despertará en ti una emoción… 

un sentimiento... un deseo…

que avivará la llama en tu corazón…  

y que erizará tu piel… ansiosa por vibrar, otra vez, de placer.

9/3/25

Pandemia qarnal…

Imagina un mundo golpeado por una nueva pandemia, una que no respeta fronteras, mascarillas ni promesas de vacunas. 
 
Tras años de investigación desesperada, científicos filipinos, han conseguido demostrar que la inmunidad sólo es posible teniendo relaciones sexuales. Pero no sirve con tu pareja de siempre, porque el cuerpo la reconoce, la detecta y los anticuerpos que ha ido generando a lo largo del tiempo no activan la respuesta inmune. Solo las relaciones sexuales con alguien diferente, con alguien nuevo pueden superar esa "resistencia" y despertar la protección necesaria. Además ha de ser consentido, porque de lo contrario la inmunidad no se activa. Así que la clave está en la novedad, dando igual el color o el sabor, y en no fallar (o no follar) un día, porque si no encuentras a alguien, te enfrentas a una cuarentena estricta. El sexo ya no es placer, sino supervivencia, que ha de ser renovada constantemente. 

El orden mundial se tambalearía. Las ciudades se convertirían en hervideros de deseo y caos, las relaciones humanas se redefinirían en un torbellino de necesidad y pragmatismo. La moral tradicional se hace añicos; la fidelidad, el "hasta que la muerte nos separe" se convierten en un lujo obsoleto, un recuerdo de tiempos remotos. Los prejuicios se deshacen como papel mojado: el vecino que nunca miraste, la persona que juraste evitar, de repente podrían ser tu salvación. Y al revés, quienes te despreciaban podrían buscarte con ojos nuevos.

El poder cambia de manos. Los carismáticos, los audaces, los que saben navegar este nuevo mundo de carne y confianza, ascienden. Los gobiernos intentan regularlo, pero ¿cómo controlas algo tan instintivo y primitivo? Aparecen mercados clandestinos de "parejas verificadas", aplicaciones que te emparejan según compatibilidad inmunológica, y hasta cultos que veneran el acto como un ritual sagrado. Las calles vibran con una mezcla de tensión, liberación y peligro.

Y en medio de este torbellino pandémico, un intruso inesperado, un efecto secundario: el amor. Oh… siempre está ahí, oculto, agazapado… Para evitarlo, intentas actuar con pragmatismo frío, casi como un trámite. 

Con la vecina, por ejemplo, esa mujer que siempre te saluda con un gesto seco mientras riega sus plantas. No es tu tipo, no te mueve nada, pero está cerca, es conveniente, y ella también necesita cumplir el requisito. Así que lo haces: un acuerdo tácito, mecánico, robótico. "Por sobrevivir", te dices, mientras intentas no mirarla demasiado a los ojos. Pero entonces, en medio de esos encuentros supuestamente fríos, algo pasa. Una risa torpe, un roce que no esperabas, una confesión casual mientras se visten rápido para volver a sus vidas. Y de pronto, mierda, sientes algo. ¿Enamorarte? ¡Vaya putada! Justo cuando intentabas mantenerlo todo en piloto automático, tu corazón traicionero decide meterse en el juego. Ahora cada encuentro es un tira y afloja entre la necesidad de inmunidad y el deseo de que ella te mire como algo más que un medio para un fin. 

O imagina el otro lado: te ofreces a “ayudar” a alguien que te ha tentado desde hace tiempo. Esa compañera del trabajo que sonríe con tus ocurrencias y por la que sientes un deseo inquietante de estar a solas con ella… y lo que surja. O esa madre del amigo de tu hijo con la que coincides los veranos en la playa y por la que siempre has sentido una atracción contenida. Ella buscaría en su agenda... un donante de inmunidad… ve tu foto, y te llama, nerviosa, apurada… y tú aceptas, cómo no, convenciéndote de que es un gesto noble por culpa de la pandemia. Pero en el fondo, sabes que es una mentira piadosa porque la deseas. El primer encuentro te incendia por dentro, y aunque debería ser solo un trámite, algo pasajero, sientes un chispazo y ansías que haya algo más. ¿Y si ella también lo siente? ¿Y si este mundo desquiciado te brinda la oportunidad de acercarte a alguien a quien has deseado en silencio? Pero las reglas son las reglas: mañana, ella estará con otro, y tú también. El amor, en este caso, es una tentación peligrosa, un lujo a evitar porque te puede romper.

Y luego está el dilema que te quema por dentro: ¿y qué pasa con tu pareja? La persona con la que compartías todo antes de que el mundo se volviera loco. Ahora, cada día, otro tiene que inmunizarla. ¿Cómo lo aceptas? Al principio, intentas racionalizarlo: es por su vida, por la tuya, por los dos. Pero la imagen se cuela en tu cabeza: alguien más tocándola, alguien más siendo su salvación. Una tarde, el vecino cruza el umbral de tu casa, con esa sonrisa nerviosa que dice que sabe lo que viene. ¿Qué haces? ¿Te quedas, fingiendo leer un libro mientras el ruido del dormitorio te atraviesa? ¿Te vas, dando un portazo para no imaginarlo? ¿O miras furtivamente por la rendija de la puerta, atrapado entre el rechazo y una curiosidad que no confesas?


Peor aún: tu mujer, que nunca fue muy sexual, que siempre parecía cumplir contigo por rutina, se transforma con él. Lo oyes, lo ves: se apasiona, le hace cosas que contigo nunca hizo, movimientos y gemidos que no sabías que llevaba dentro. ¿Lo resistirías? ¿Podrías mirarla después sin que te carcoma la rabia o la impotencia? 

Algunos dicen que no quieren saber, que prefieren fingir que no pasa. Otros sienten un morbo extraño, una curiosidad enfermiza y malsana. ¿Y si lo vieras? ¿Y si, contra todo pronóstico, ese pensamiento te engancha, te excita incluso, y te descubres atrapado entre el asco y el deseo? La pandemia no solo rompe cuerpos; destroza lo que queda de tus certezas.

El amor, el morbo y la supervivencia se enredan en un caos imposible. La vecina que no te atraía te atrapa con su vulnerabilidad. Esa persona que deseabas te tienta aún más. Y tu pareja, entre celos y pasiones nuevas, te empuja a decidir: ¿te dejas llevar o luchas por no sentir nada en este mundo roto?

¿Qué harías tú? ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar?

20/2/25

Una rendija…


La puerta. Testigo de lo que fuimos.  
Tras el umbral, tu sonrisa… y la mía. 
Y el deseo que nos devoraba, nos consumía.  

¿Llamar? Lo he intentado… no hay respuesta. 

Pero aunque el tiempo castiga, 
sigo pensando que hay una rendija… 
Y quizás mañana se vuelva a abrir.

30/1/25

Terapia integral..

Al final, he tenido que ir a terapia… 

Algo me estaba fallando en la cabeza…

Una tuerca que no sabía que estaba suelta..

No es nada grave… seguro que se arregla.


Son ya varias sesiones, y empiezo a sentirme mejor. 

Es como si esas preguntas que me formula el desdichado psiquiatra que me atiende estimulasen mi capacidad de introspección y de indagar en los motivos por los que mi mente actúa en contra de mis deseos, boicoteando activamente su consecución. 

Me dice que quizás es la pulsión de muerte sugerida por Freud o un superyó excesivamente crítico los que están saboteando mis deseos… los que reprimen mi inconsciente… los que conspiran para crearme la necesidad de cumplir con absurdas normas morales autoimpuestas. 

Cree que no está todo perdido, que aún tengo solución. 

Me ha prescrito quedar contigo, verte, charlar, tomar una cerveza, sin gluten, y dar un paseo por el bosque, o por la playa, al atardecer, caminando a tu lado, pero retrasándome ligeramente, por los efectos secundarios de deleitarme con el vaivén de tus caderas… y de gozar con con la agradable sensación de comprobar en el brillo de las estrellas de tus ojos la certeza que tenías de que lo estaba haciendo… 

Soy predecible… ya lo sabes. 

Pero no basta con eso... es necesario más. 

La terapia incluye un innovadora combinación de acciones sobre nuestras mentes y almas… pero también sobre nuestros cuerpos… 

Orandum est ut sit mens sana in corpore sano, qui spatium vitae extremum inter munera ponat naturae… 

Será necesario que recorramos sus contornos, que nos detengamos en sus extremos, en sus curvas, en sus valles, cartografiando detenidamente cada uno de los pliegues y resortes que activan el éxtasis metafísico, sin principio ni final, en el que se subliman los deseos.

Es por mi salud… y por la tuya. Debemos hacerlo. Tres veces al día, cada 8 horas. 

14/12/24

El momento (carpe diem)

Lo tengo... Lo estoy sintiendo. 

Sí, está aquí... entre mis dedos... 

 

Es un instante, un momento… 

sin un antes ni un después. 

Así que voy a vivirlo, carpe diem,

porque el futuro es incierto

y la vida puede ser dulce y amable

pero también despiadada y cruel…


Cerraré mis ojos 

y abriré mi corazón... 

… y esperaré.

Esperaré a que sople el viento 

que mueve los sentimientos…

y lleve los míos muy lejos…

allí donde creo que aún está 

el cálido refugio de tus besos.

15/11/24

Aprender a olvidar...


¿Podré componer una canción... 

o una melodía... o unos simples acordes 

que no hayas escuchado antes?

¿Seré capaz de escribir un texto... una frase... 

o unas simples palabras que puedan volver a llegarte al corazón?

Creo que ya no... Debo aceptar la realidad...

Confiaba en que olvidases... y que del olvido llegase el perdón.

Pero para olvidar hay que aprender a olvidar...

29/8/24

La hora...

Bajé a la playa sola. Javi se quedó en casa teletrabajando. Instalé la sombrilla cerca de la orilla, coloqué el cesto a la sombra, sobre las chanclas, y abrí la hamaca. Me quité el pareo y apliqué algo crema protectora sobre mi piel. Ya estaba lista...

El mar estaba tranquilo... bandera verde... Poco a poco fui caminando hacia adentro, sintiendo el suave embate de las olas, empapando mi piel... Me sumergí... y me dejé llevar... La sensación era de absoluta serenidad, calma, placidez, no worries... 

Me puse de espaldas, abriendo los brazos, dejando mi cuerpo al pairo, sintiendo como era mecido por las olas... Podría haber estado así horas... 

El chapoteo de unos chicos puso fin a la tregua... Me puse de pie y empecé a caminar hacia la orilla. Eché mi cabeza hacia atrás, y me incorporé, para dejar mi pelo medianamente peinado y ordenado. 

Regresé al campamento base. Tomé una toalla del cesto y me sequé... Cogí la crema facial, y dibujé unas finas rayas sobre la frente y pómulos, que luego deshice extendiéndola por mi cara. Para el resto del cuerpo, factor 50: sobre los hombros, en el escote, el vientre, mis muslos, piernas y tobillos. 

Convenientemente protegida, me puse el sombrero, las gafas, los airpods... y me dejé caer sobre la hamaquita. Estaba en la gloria... 

De pronto, sentí una vibración en la muñeca... Era un mensaje de Javi en el que me decía que sus quehaceres le iban a llevar más tiempo y que no le esperase. Quizás egoístamente, sentí un poco de alivio al saber que esa mañana era para mi, que estaría sola... y libre.

Puse mi lista de favoritos de Spotify... cerré los ojos... y desconecté.

No sé si fueron segundos, minutos u horas... pero una increíble sensación de estar flotando, como si fuese vapor de agua, sin sentir las ataduras y límites del cuerpo, me embargó. 

De repente, escuché un "disculpe, sería tan amable de decirme la hora"...

Ladeé mi cabeza, y, mirando por encima de las gafas, busqué el origen de mi tal petición. Era un hombre, relativamente maduro, que estaba en cuclillas a mi lado... con las rodillas algo separadas, como si fuese un futbolista. De hecho tenía cuerpo de futbolista. Piernas fuertes, robustas, depiladas, bañador ajustado, como los de antes, un vientre relativamente plano, marcados pectorales, y unos brazos definidos y, sorprendentemente para lo que es habitual en estos tiempos, carentes de tatuajes.

- Sí claro, es la una menos cuarto.

Me respondió con una sonrisa y un "muchas gracias", que me supo a poco. Se incorporó y se dirigió unos pasos hacia atrás, donde también tenía una silla junto a quién intuía que era su mujer, que parecía muy concentrada leyendo algo en un kindle. Me sorprendió que trajese gafas graduadas a la playa... Especulé con la posibilidad de que fuese maestra... o supervisora... no sé... alguien con autoridad. Pero no era en ella en quién quería fijarme... sino en él.

No sé si fue su presencia, su sonrisa, su cuerpo o el calor de aquella mañana, pero mi mente y mi cuerpo empezaron a ser invadidos por una malsana curiosidad, por una fuerza perturbadora que hace volar a la imaginación, y que no entiende de límites, de barreras o tabúes...

Tranquila, Sonia, sólo te ha preguntado la hora... No hay nada más... Te has dejado llevar por el calor del momento... por pasajeras y calenturientas fantasías playeras que se desvanecerán en cuanto regreses a casa. Además, está ahí, con su mujer, ajeno a tus libidinosos pensamientos, queriendo saber la hora para ir a ver las Olimpiadas en la tele.

Intenté buscar otra vez la serenidad... la calma... la paz... así que me tumbé, cerré mis ojos e intenté dejarme llevar por la música de mis airpods... 

Pero no... no podía quitarme de la cabeza a ese tipo... así que lo busqué con la mirada... y lo encontré... pero él también a mi. Estaba allí, con su pareja, escribiendo o dibujando algo en un cuaderno... Me asustó sentirme descubierta... pero también me excitó. Y mucho... 

Pude sentir una corriente de húmedo placer intenso entre mis piernas empapando mi bikini... Oh, Dios... mi deseo se desbordaba... y quería ser saciado allí mismo.

Como me estaba poniendo malísima...  decidí poner fin a la sesión de playa y regresar a casa... para darme una duchita refrescante que apaciguara el volcán que brotaba de mi coño... Me incorporé, me puse el pareo, guardé la sombrilla, plegué la hamaca y me calcé las sandalias. Aunque podía haber salido por otro lado, lo hice pasando al lado del causante de mis "males"... Al pasar, sentí su mirada... su sonrisa... y un turbador: "nos vemos"... al que respondí, nerviosa, con un apenas perceptible "claro"... 
 
Y cuando pensaba que nuestra transacción verbal había terminado, arrancó la hoja del cuaderno y me la dio. Me había dibujado en ese papel, tumbada sobre la arena, ajustándome el sombrero... pero desnuda, sin bikini...  Sonreí algo agitada y excitada al verme así, tan vulnerable y sensual, y le agradecí el detalle. Él me respondió que había sido un placer y me preguntó cómo me llamaba. Con un hilo de voz, le dije que me llamaba Sonia. "Yo soy Mario", respondió él. Volví a sonreír y me despedí, llevándome conmigo ese dibujo que prometía despertar mis fantasías...
 
Llegué a casa, saludé a Javi y, clandestinamente, volví a mirar el dibujo: aquellos trazos a bolígrafo dibujaban mi silueta, tumbada, desnuda, expuesta... pero había algo más que, con la excitación del momento, no había visto: una M y un número de teléfono...

25/7/24

Miss you...

 


Hey, it’s me. 

I know we haven’t spoken in a while.

Things are still weird. 

I just wanna to let you know that I miss you,

Do you think about me?

I hope you're doing really good.

Call me sometime... ok? 

Because I’m still thinking about you a lot.

3/5/24

Dímelo…

El amor es así… directo
No guarda formas, ni maneras, ni respeto.
Y cuando menos te lo esperas
dispara a bocajarro
Pam, Pam… 
(Ya estás muerto.)

Así que dímelo, 
sin rodeos 
ni paños calientes. 
Mirando a la cara… 
de frente…
Que pueda verte
y mirarte;
que pueda olerte…
y sentirte… 
muy cerca…
Otra vez…
Una sola vez más…
Y si no,
nos vamos a la mierda.

28/3/24

Cortamos...

No parece que tengamos mucho futuro...

Ni presente...

 

Creo que llegados a este punto,

lo mejor sería cortar... 

 

Pero ya sabes que en cuanto veo las tijeras...

no pienso en otra cosa 

sino en cortarte la ropa.

9/3/24

Las gafas rojas de la biología…

Es algo instintivo, irracional… 

Cuando se desencadena, no puedes controlarla, ni dominarla… 

Inútil es el intento de enmascararla o disimularla… 

Por más que pretendas convencerte de que sólo puede ser consecuencia de nobles sentimientos, 

la realidad es que está codificada en lo más profundo de tus genes... 

Por eso no está sujeta a reglas o normas, ni se somete a las ataduras de una moral absurda…

No la temas… es natural… 

En realidad, es la fuerza más pura de la naturaleza humana… 

La que nos empuja a vivir, a seguir, a sentir, a luchar…

Cuando te pongas las gafas rojas de la biología, lo entenderás todo…

10/2/24

Sí a todo...


Seamos positivos… 

Pasemos por alto los inconvenientes… 

No pondré ningún pero... 

ni ningún problema… 

Así que sí a todo… lo que quieras.

24/11/23

Me apeteces...

Hoy no estoy para rodeos, ni indirectas...

Hoy no hay pasado... ni futuro...

sólo el aquí... y el ahora.

 

Confieso que desde hace mucho...

me lleva rondando en la cabeza

la idea, la nada inocente idea...

de volver a tentarte, 

de seducirte...

de camelarte...

 

Porque me gustas... me atraes...

me apeteces, me incitas... me excitas...

me enciendes, me desquicias, me dominas

y me vuelves muy muy loco, joía...

 

No puedo detener esta fuerza... esta energía

que me incendia cada vez que pienso en ti...

que te imagino... o que te veo,

que te miro... que te siento...

 

Así que basta ya de tanta tontería...

pongamos fin a este año de sequía...

y con premeditación y mucha alevosía

vayamos al grano... y metámonos mucha mano.

14/10/23

Alas y raíces…


Estoy roto y cansado... 

Creía saber volar, 

pero la cruda realidad 

me ha demostrado 

que no tengo alas... 

 

Sólo estaba cayendo… 

en caída libre… 

por un precipicio…

 

Y ha sido el golpe 

contra el fondo del abismo

lo que me ha despertado del sueño… 


Ahora veo que no tenía rumbo, 

ni un objetivo que perseguir, 

ni un camino que recorrer… 

 

Ni tan siquiera, tengo un refugio 

en el que sentirme seguro…

y al que volver

cuando todo esto acabe…

1/10/23

Noli me tangere

 - ¿Puedo tocarte?

Me sorprendió recibir su WhatsApp ayer, a medianoche. Sobre todo porque, tras nuestra conversación del viernes por la tarde, creía haberla persuadido de que no correspondería a sus sentimientos hacia mi. 

- ¿Qué?, pregunté pensando que podía tratarse de un error del autocorrector del teclado.

- ¿Que si me dejas que te toque?

Alice, en su país de las maravillas, persistía volviendo a desconcertarme con una pregunta a bocajarro.

Mi primer pensamiento fue responderle diciéndole que era muy tarde y que debería descansar, metiéndose en cama con su marido que, by the way, y para complicar aún más las cosas, es compañero de trabajo. Así que tenemos combo x2 de polla y olla.

Pero anoche tenía pocas ganas de dormir y muchas de jugar, así que tiré del hilo…

- ¿Para qué quieres tocarme?

- Lo necesito… no sería nada sexual.

No sería nada sexual… es como la venda antes de la herida. 

Pero yo ya soy muy viejo para creerme estos trucos Jedi baratos. 

Sí, sería algo sexual, como sexual fue cuando, al concluir nuestra jornada vespertina de paseo por la montaña, su culo se acomodó entre mis piernas mientras estaba sentado en el murete del embalse de La Barranca. 

Todo en ella es sexual, aunque pretenda disimularlo diciendo que se trata una “amistad+”. Y es que en todos los años de mi vida no he visto un solo caso de amistad hombre-mujer que no albergue una componente sexual. 

Quizás esté equivocado, pero mi experiencia me dice que si un hombre es hombre y una mujer es mujer, siempre habrá entre ellos una cierta tensión sexual instintiva, natural e inevitable. Otra cosa es que la madurez y la educación nos permitan mantener controlado el impulso. Pero por mucho que lo dominemos, siempre, siempre, siempre estará ahí… y en ambas partes.

Y como no quiero encender un fuego que pueda quemarme, tuve que ser tajante.

- No, noli me tangere

- ¿No te atreves?

- No es posible lo que quieres. Ya te dije que tendrías que aprender a mantener controladas tus emociones y sentimientos dentro del perímetro de espacio y tiempo que puedo darte. Y tus mensajes de esta noche, sólo unas pocas horas después de que me hubieses asegurado que no ibas a contactar conmigo en una temporada, demuestran que todavía no eres capaz.

Tras escribir esas palabras tuve la sensación de haber sido muy duro con ella, pero su cabeza era más dura aún…

- ¿Y si fuésemos a la Roca?

Joder, le había comentado muy de pasada que al final del bosque, río arriba, había una Roca desde la que podía contemplarse el valle y el embalse y en la que podías tomar el Sol desnudo, lejos de miradas indiscretas. Pero se ve que ella no pasaba por alto ningún detalle (si exceptuamos mis reiterados noes a sus pretensiones)… 

 - Ya veremos, dijo un ciego. Ya veremos…

Y ahí estamos… pensando en si merecerá la pena, o no, entrar en la madriguera del conejo… de Alice

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