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12/3/26

La puta biología del los alfas y los betas…

Creo que para algunos el "vínculo de pareja" está sobrevalorado. Algunos lo pintan como un lazo casi místico: almas que se reconocen y se funden en una armonía eterna. Farfolla que suena a chick-lit, a literatura barata de Corín Tellado o Barbara Cartland… o a mala telenovela turca. Para otros es un límite un freno con el que detener los impulsos básicos de terceros: "lo siento, tengo pareja". Ya... tienes pareja hasta que aparece alguien que mejora lo habido... y entonces ni hay pareja, ni hay armonía eterna. 

Lo que hace que nos queramos unir a otro es otra cosa...

Cuando el fuego del deseo y la pulsión sexual están vivos, lo que se esconde bajo ese "vínculo de pareja" es simple y llanamente biología; carne y sangre caliente e instintos que no consultan a la conciencia, ni a la moral, ni a las normas... Es la necesidad de las hembras de cazar a un macho que las domine, que las proteja, que les dé seguridad... y que les permita sacar adelante su prole... Ese macho morfológicamente poderoso, fuerte mandíbula, musculado, de anchas espaldas, viril... que domina el espacio sin esfuerzo, que no duda en pelear, en luchar; que obtiene recursos y proyecta victoria con solo hacer acto de presencia. Ese que huele a superioridad ante los ojos de todos.

No sabéis exactamente por qué, pero todas os sentís atraídas profundamente por ese tipo de hombre. Y esto no es bueno ni malo: es un instinto básico, ancestral, evolutivo, aunque algunas ilusas quieran vestirlo de un halo de romanticismo. Es la hipergamia, esa pulsión primitiva que se dispara cuando estáis cerca de uno, desatando un latigazo de humedad entre las piernas. Si por lo que sea apareciese ese macho, vuestro código genético hardcodeado en el cerebro tras milenios de evolución os provocaría instantáneamente la necesidad de atraer su atención, mediante todas las herramientas que vuestro encanto os ofrece. Y una de ellas, quizás la más poderosa, es el lenguaje corporal, el fertility display.  Se nota en la manera en la que os movéis a su alrededor, contoneando las caderas, arqueando la espalda, mostrando las curvas, ladeando la cabeza, agitando el pelo, humedeciendo los labios… 


Y a veces os funciona... Y la mirada de ese macho se posa en alguna de vosotras... o en ti, ¿por qué no?No tengo dudas de que un verdadero macho alfa que te vea se acercaría a ti, aunque estuvieses acompañada, para seducirte. Y si te dejases llevar por la naturaleza, por tu instinto, lo conseguiría, porque en ese momento no existen las normas, o los límites, o una pareja... En ese momento, sois él y tú... solos en el universo. Y si lograses un tiempo y un espacio en el que abandonarte al deseo carnal, harías cualquier cosa para tenerlo...  porque algo que no llegas a comprender, te empuja a subir por esas escaleras al cielo... que aparecen ante ti. 

 

Sí... no tengo ninguna duda: si aparece ese macho alfa acabaría poseyéndote, follándote, y su aliento, la codicia de sus manos y sus acometidas animales quedarían grabados para siempre en tu piel, en tu coño y en tu memoria.


Eso es el "vínculo de pareja" real. No es amor, y mucho menos recíproco: es admiración hacia arriba, deseo primitivo hacia quien te hace sentir deseada, vulnerable y mojada al mismo tiempo. Ese recuerdo no se borra; late como una cicatriz cada vez que cierras los ojos... y lo recuerdas. 

Pero como te decía, sentir esa fuerza primitiva, y claudicar ante ella, no es algo malo. Es más, creo que es bueno que la sientas... que la sintáis... Os hace sentir vivas... deseadas... activas... bellas. Y también es bueno que nosotros la sintamos. ¿Acaso hay algo más gratificante para un hombre que sentir que su hembra es codiciada y deseada? (me ofendería que por ti ofrezcan menos de 250 camellos).

Lo bueno es que ahora la tecnología os ayuda… Antes, estabais limitadas por el entorno geográfico, por una supuesta virtuosidad de pacotilla, o por el número finito de hombres a la vista. Ahora lleváis en el bolsillo un catálogo infinito de pollas compitiendo por likes, stories y estatus. El cortejo se convierte ahora en una subasta global. Unos pocos elegidos se llevan la gran mayoría de vuestro deseo; el resto mendiga o paga por tener una supuesta visibilidad que nunca da resultados. Los hombres vemos belleza en un rango amplio porque obtener sexo nos sale caro. De una u otra forma tenemos que pagar. Vosotras, en cambio, situáis a la inmensa mayoría de los hombres por debajo de la media. Vuestros óvulos son caros frente a toneladas de esperma abundante... 

Pero los machos de ese calibre son escasos. Y ellos sí pueden elegir... y cambiar de hembra cuando les apetezca, porque ese mismo mercado global en el que les buscáis es realmente para ellos una herramienta con la que puedan elegir hembras dispuestas a complacerles sin tener que luchar... ni exponerse. No sois vosotras quienes cazáis, sino que sois cazadas. Y en esa caza, la competencia es feroz: otras hembras más atractivas, más agresivas y más jóvenes luchan por el mismo objetivo. Es la intrasexual competition, y en ella no hay normas. … así que hay que estar dispuesta a todo, a vulnerar cualquier código deontológico, a ser más puta... como quizás tuviste que serlo antes tú misma, en aquel pasado en el que te encontraste con tu primer macho empotrador.

Pero esa continua lucha desgasta. Por eso, al cabo de un tiempo la mayoría acaba conformándose con otro tipo de hombre: no el que la hace temblar de deseo salvaje, sino el que le asegura recursos, estabilidad y un techo. El beta proveedor. El que llega después del incendio, cuando la llama no quema y empieza a importar más el no quedarse sola en la oscuridad.

Para el beta, la situación es patética: habita una sumisión que confunde con devoción. Se deslomará por proveer, atándose como un perro fiel a las reglas de acceso que solo ella dicta. Cuanto más se desvive por complacer, más flojo y prescindible se vuelve ante la misma hipergamia que lo juzga. Lo suyo no es un vínculo, es un contrato de arrendamiento que ella rescindirá sin pestañear en cuanto él se ablande o su estatus descienda un solo peldaño.

Ella, en cambio, nunca pertenece del todo. Si alguna vez probó el fuego de un macho superior, vivirá como una "viuda de alfa" para siempre. El beta proveedor es siempre un parche, un apaño con el que pagar la hipoteca y mantener la fachada social. Pero en su cabeza, ella sigue follando con el otro en un bucle eterno, buscando ese rastro de ferocidad en cada orgasmo que se regala a solas... o acompañada. Su lealtad es puro pragmatismo envuelto en el celofán del "autodescubrimiento". La puerta permanece siempre entreabierta al upgrade: está lista para repetir con aquel que la hizo temblar o para entregarse a un nuevo alfa que irrumpa en su catálogo con más fuerza.

Y mientras, el beta proveedor intuye esa grieta y, en lugar de rebelarse, se obsesiona. Vive alerta, complaciente hasta la náusea, dispuesto a tragárselo todo con tal de no quedarse solo en la oscuridad. De ese terror nace su filia más oscura: un voyeurismo resignado, el miedo dulce y enfermizo de imaginarla sometida por otro. Se excita en la sospecha de los cuernos que no ve pero presiente, encontrando una erección desesperada en el mismo escenario que lo anula. Es la paradoja perfecta: su propia humillación es lo único que lo mantiene atado a una mujer que ya está mirando hacia arriba, esperando el momento de soltar su mano.

El “vínculo de pareja” es la mentira más hermosa que nos contamos para conciliar el sueño. Uno se desvive y acepta cualquier cosa atándose; la otra gestiona deseo y pragmatismo.

Pero no sé qué hago filosofando sobre estas nimiedades... 

Y es que nosotros, querida, somos alfas... macho y hembra alfa en estado puro: sin límites que apaguen el fuego, sin obligaciones que diluyan el deseo. Solo la emoción básica, esencial, cruda: piel contra piel, sudor, gemidos ahogados, urgencia de corrernos juntos como si no hubiera mañana… y luego volver cada uno a rutina sin que el incendio se extienda más allá de dónde queramos.

Y es que la puta biología nos tiene bien agarrados… por mis huevos... y por tu coño... y  a ninguno de los dos nos va a soltar. Así que volvamos a la versión 2.0 de nuestro código genético alfa… y follemos salvajemente.

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