Allí estaba él: un tipo con un porte imponente que tenía sus ojos insolentemente clavados en ti, como si el resto de la sala se hubiera borrado. Tú sentiste su mirada al instante... lo vi en tus ojos. Miraste alrededor, un poco desconcertada. Sí, te estaba mirando a ti... aunque a nuestro lado hubieran otras mujeres atractivas, y sin compañía aparente.
Podrías haberlo ignorado. Podrías haberte pegado más a mí y seguir bailando como si nada. Pero hay impulsos que no obedecen a la razón; avanzan, tantean, quieren saber hasta dónde pueden llegar. Poco a poco fuiste apartándote de mi lado para tener más espacio... pero sin alejarte mucho. Mi presencia te servía de red de protección y te daba la libertad y seguridad para desplegar esa sensualidad instintiva y muy femenina que a veces se apodera de ti. Cada movimiento de tus caderas se volvió más lento, más explícito, más animal. Girabas la cabeza, agitando la melena, exponiendo el cuello, arqueando sinuosamente la espalda... Todo tu lenguaje corporal llevaba escrito un mensaje claro, directo, imposible de malinterpretar. Me estaba encendiendo verte así... pero el destinatario de esa coreografía no era yo.
Entonces él movió ficha. Se acercó a ti, despacio, sin prisa, seguro. Di un ligero paso hacia atrás, despejando el espacio... Quería contemplarte... sin interferir. Vi claramente como sentir su codicia, su deseo, no te incomodaba. Al contrario: te encendía más. Conociéndote como te conozco, tengo la certeza de que su presencia disparó en tu cuerpo una respuesta húmeda y caliente que tu mente no podía, ni quería, frenar. Era evidente que te complacía que pujara por ti, que pelease por conquistar la plaza más difícil.
Vi cómo se te escapaba esa sonrisilla tuya, felina, un poco traviesa, que revelaba que disfrutabas al sentirte elegida por un depredador superior entre todas las demás. En ese instante tu biología también lo eligió a él... No necesitó más; te llevó de mi lado, sin oposición, y empezó a bailar muy pegado a ti. Admito que sentí cierta admiración por su osadía. Sabía llevarte, y tú parecías gozar con el roce de sus manos en tu cintura y con su aliento quemándote la piel del cuello mientras te hablaba al oído. Pero sus manos bajaron un poco más y apretó demasiado su cuerpo contra el tuyo. Fue entonces cuando sentiste la cercanía de un abismo en el que en ese momento y ese espacio no querías caer, y decidiste frenar. Te zafaste de él y volviste conmigo, al puerto seguro, a recomponer las apariencias.
Pero la grieta ya se había ensanchado.
Tras ese escarceo te noté inquieta, excitada... Tu cuerpo seguía allí, conmigo, pero tu atención se perdía en la penumbra, como si buscaras algo que te faltaba, como si tu cuerpo aún pidiese lo que la cabeza había interrumpido. Quise creer que todo había quedado ahí, en un baile inocente, en un manoseo casual. Pero quizá aquella escapada sola al baño no fue más que la maniobra necesaria para abrir un vacío y buscarlo; un paréntesis en la penumbra para volver a sentir su aliento en tu cuello y su mano rozando lo prohibido; y, sobre todo, para asegurar, en un rápido intercambio de móviles, un hilo del que tirar para un “to be continued”…
¿Y tirarías del hilo? Lo natural es que sí... y lo entiendo. Lo natural es que hagas cualquier cosa para tenerlo, para sentirlo... porque algo que no llegas a comprender —o que comprendes demasiado bien y te asusta— te está empujando a ello. Si tuvieses la oportunidad, seríais él y tú, solos en el universo, sin normas, ni límites, ni pareja... Tienes ante ti unas escaleras que suben al cielo y la urgencia de claudicar ante quién es tu verdadero dueño…
... y claro que las vas a subir.
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