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18/7/26

Galḗnē o cheimṓn

 Sí. Tras años de pausa, nuestro reencuentro era inevitable.

Caminamos por la montaña, entre pinos, rescatando recuerdos y dejando que el presente se asentara. Nos apartamos de la senda principal, inusualmente transitada aquella mañana, para adentrarnos en una vereda estrecha que serpenteaba ladera abajo. Tú ibas delante, guiándome por tu territorio, en busca de un rincón tranquilo, donde conversar; yo, un paso por detrás, luchando por seguir tu ritmo sin dejar de perderme en el vaivén de tus caderas.

Al fondo, en la vaguada, encontraste uno, junto al remanso del arroyo. El frescor de la vegetación y el murmullo del agua nos proporcionaban tranquilidad... y una cierta intimidad. Hablamos de todo y de nada; las palabras nunca nos cansan, pero nuestros instintos son impacientes, y con nuestra cercanía física, comenzaron a reclamar su lugar.

De las palabras pasamos a las miradas, y de las miradas al inexorable chispazo...  Intentamos, en vano, rebajar la tensión desviando la atención hacia el entorno, como si ello pudiera salvarnos. Pero todo conspiraba en nuestra contra, y una extraña pareidolia convirtió una raíz retorcida en una cabeza de serpiente, vigilante… y tentadora.

Y vaya si nos tentó...

De pronto, nuestras bocas se encontraron con esa hambre vieja, primitiva e insaciable. Tus labios se abrieron a los míos y mi lengua buscó la tuya, primero lenta y cautelosa, después urgente y profunda. Nuestros cuerpos se apretaron. Sentí las puntas de tus tetas clavándose en mi pecho. Empujaste tus caderas con fuerza hacia las mías... desatando en mi una erección instantánea. Mis manos rodeaban tu espalda, acariciándote... pero, incorregibles, optaron por descender para deleitarse en la curvilínea superficie de tus nalgas. 

Todo seguía vivo, intenso, brutal, con esa complicidad carnal que nos une y que ni el tiempo ni la distancia nunca podrán apagar. 

Podríamos habernos follado allí mismo, a plena luz del día, en la espesura, apoyando tu cuerpo contra la raíz viperina... Ya lo hicimos, y no muy lejos de allí. Pero aún no era el momento... 

Nos separamos a duras penas, con el deseo ardiendo bajo la piel y el pulso desbocado.

Antes de despedirnos, me regalaste una pluma de búho... No sé si eres consciente de que la usaré para recorrer tu piel y sobre ella escribir nuevos y más intensos versos de pasión.

Pero ya llegará ese momento... 

Mientras tanto, aplaco mi impaciencia por volver a tenerte contemplando, en Χανιά, al otro lado del Mediterráneo, este mar antiguo que guarda el secreto húmedo de nuestras pieles...

Ahora está en calma... Pero el arte de navegar no se aprende en la bonanza de las aguas tranquilas, sino en la agitación de las turbulentas. Y nosotros, avezados marinos, podemos elegir navegar tanto en la calma como en la tempestad. 

Galḗnē o Cheimṓn, Γαλήνη ή Χειμών.

Y yo apuesto por lo último... 

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