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20/8/26

No podemos ser amigos...

El cuerpo de la mujer es el triunfo abrumador de la carne: una densidad absoluta donde toda su materia es conciencia, y toda su conciencia es pura materia.

Su ser no se abre al mundo exterior. Se repliega sobre sí mismo y clausura la realidad. Es una torsión lenta, profunda, definitiva. La piel se dobla sobre la piel, niega cualquier espesor que no sea el suyo y lo absorbe todo hacia un interior sin fondo.

Cuando estás dentro de ella, el sujeto que creías ser se disuelve. Dejas de ser quien desea para convertirte en la materia que ella posibilita. Ella te universaliza, te comprime, te interioriza. Ya no hay diferencia entre poseer el mundo y ser poseído por él.

Sientes el peso exacto de sus muslos, la tensión que te recibe y a la vez te exige. La humedad densa no es invitación: es una orden. El calor no es temperatura, es una presión que se cierra sobre ti y te quita el aire. Cada embestida es una inmersión más honda en esa carne que piensa, que te piensa, que late y se contrae reclamándote sin palabras.

Puedes tocar, puedes penetrar con toda la hondura de tu ser, puedes hundirte hasta que tu límite se deshaga… pero jamás terminas de poseerla. Porque ella es el pliegue mismo: lo que se ofrece y se retira al mismo tiempo, lo que está a tu alcance y sigue siendo inalcanzable.

Por eso resulta radicalmente imposible ser su amigo. La amistad pertenece a la luz, a la claridad, al mundo exterior. Y ella es la penumbra, el paisaje entero doblado sobre sí, tibio, clausurado, esperando que alguien se atreva a entrar para perderse… hasta el fondo, sin retorno.

Porque frente a esa interioridad que lo absorbe todo, solo quedan dos caminos: o perderla diluyéndola en una amistad imposible… o mantenerla a golpe de martillo, cincel... y sexo.

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