A mi edad ya debería tenerlo todo resuelto, o al menos fingir que lo tengo. Hijo de veinte años, matrimonio estable, casa en las afueras de Madrid y un trabajo que me obliga a viajar sola alguna que otra vez. Como ahora. Escribo desde el hotel de una ciudad alemana cualquiera, mirándome en el espejo de la habitación y preguntándome cuánto tiempo más voy a seguir disimulando.
Una parte de mí odia llevar puesta esta máscara de perfección para ocultar quién verdaderamente soy. Vengo de una familia acomodada, “bien”, o “cayetana”, como dice mi hijo. Siempre fui rebelde, y por ello choqué mucho con mi madre: no le gustaba nada de lo que hacía… ni con quién estaba. Quizá tenía razón, y ese novio loco que nunca he podido olvidar del todo no era lo mejor para mí. Así que intenté ser buena. Y me dio resultado: acabé en un matrimonio modélico, formal... aunque profundamente plano. Obviamente, me aburrí.
Pero mi mente no se ha resignado y sigue inventando escenas, fantasías, deseos prohibidos que mi cuerpo anhela sentir, experimentar... y no a solas, a escondidas en la oscuridad de mi habitación…
No... Esta noche, no.
Esta noche estoy disponible. Me he quitado el anillo… y un poco de esa máscara. No necesito fingir. Esta noche se trata de la caza, y yo soy la presa. Siempre he deseado serlo.
Di un paseo corto por las calles alrededor del hotel para despejar la cabeza. Volví, cené sin ganas en el restaurante y, al pasar junto al bar, escuché las notas de Temptation de Diana Krall flotando en el aire. Me asomé... una mujer tocaba el piano en un rincón, envolviendo el ambiente en una atmósfera densa y melancólica que me invitó a entrar en lugar de subir a la habitación.
No había mucha gente: tres o cuatro mesas ocupadas. El camarero me condujo a una que tenía un sofá Chesterfield de piel verde botella. Me acomodé, dejé el bolso sobre la mesa, y tras pensarlo un poco, pedí un Whiskey Sour.
Al poco, el camarero apareció con una coupette coronada con una capa de espuma. Aprovechando que lo tenía al lado, le pedí rápidamente que me hiciera una foto. Me senté en el borde del sofá, flexioné una pierna hasta apoyar el tacón sobre el asiento y la abrí ligeramente hacia un lado, procurando que se vieran mis zapatos dorados, la copa recién servida y, quizás, algo de mi ropa interior... La pose era descarada, atrevida, y saber que había un hombre al otro lado del móvil, mirándome, me produjo un pequeño escalofrío... y me gustó.
En cuanto recuperé el móvil y el camarero se marchó, miré la foto. Con un poco de fastidio comprobé que el tacón se había interpuesto justo donde no debía. Aun así, me encantó. Me gustaba cómo estaba, cómo me veía, lo que insinuaba. Y entonces pensé en mi marido. Sabía que se pondría inmediatamente en guardia. Que empezaría a hacerse preguntas. Dónde estaba. Por qué había posado así. Para quién. Sonreí, se la envié y puse el móvil en modo avión. Que se quedara sin respuestas... y que imaginase qué iba a hacer después.
Ya relajada, di un sorbo —Mmm... me encanta ese cóctel— y, con la copa aún entre mis dedos, empecé a mirar a mi alrededor: un par de matrimonios... posiblemente nórdicos, un tipo mirando el móvil... y ellos dos. Dos hombres con traje oscuro; aposté que serían franceses... o italianos; en todo caso, mediterráneos.
Uno de ellos movía un vaso de whisky con sus manos, haciendo que los cubitos de hielo tintinearan contra el cristal con un golpe seco y rítmico. Me miraron. No fue una mirada de cortesía, sino un cálculo directo, la evaluación fría de dos cazadores que reconocen a alguien que busca ser atrapada.

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