Saqué la tarjeta. La ranura parpadeó en verde y la puerta se abrió. Entré delante de ellos, me adelanté hasta la mesilla y encendí la lámpara buscando una luz más cálida, dejándolos un segundo a mis espaldas.
Al volverme, vi como uno de ellos cogía la tarjeta del Do Not Disturb y la colgaba del tirador exterior, cerrando la puerta. Tras el golpe amortiguado de la madera sonó el giro seco y metálico del pestillo. Un gesto breve, preciso, que nos aislaba del mundo exterior con una intención inequívoca.
Sentir cómo se adueñaban de la habitación y, por extensión, de mí, me estremeció como si me hubiese atravesado una corriente eléctrica. Esa soberanía masculina, absoluta y sin vacilaciones, me dejó sin aire y encendió un calor denso, repentino, entre mis piernas.
Nos quedamos en silencio unos segundos, de pie. Pude verme reflejada en un espejo… y a ellos. Ninguno de los dos apartaba los ojos de mí.
Uno se acercó. Mi corazón empezó a palpitar frenéticamente a medida que la distancia tendía a 0. Con una seguridad aplastante, me sujetó el rostro con ambas manos y me besó. No fue un beso educado. Fue profundo, lento, exploratorio, como si quisiera descifrar el sabor exacto de mi boca y comprobar, en primera persona, hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Mientras tanto, el otro se colocó a mis espaldas. Sentí su pecho contra mi espalda y, al mismo tiempo, como desabotonaba mi vestido. Sus manos se deslizaron hacia mis costados mientras el primero tiraba suavemente de la tela por los hombros, dejándola caer al suelo.
Cuando quedé únicamente en ropa interior, los dos se detuvieron un momento a mirarme. Esa pausa me calentó más que cualquier caricia. Me sentí completamente expuesta, observada, evaluada... pero terriblemente deseada. Sostuve la mirada del que tenía enfrente y abrí ligeramente los labios en un gesto silencioso... y cómplice, dándoles permiso para continuar.
El que estaba detrás entendió la señal y aprovechó ese instante para desabrocharme el sujetador y quitarlo de mis hombros. De inmediato, sus manos bajaron hasta mi vientre, donde sus dedos dibujaron círculos, y subieron hasta alcanzar mis tetas, acariciándolas y apretándolas con una lentitud deliberada que me enloquecía, para acabar presionando mis pezones con pulgares e índices... hasta dejarlos duros.
Mientras tanto, el que me había besado se arrodilló delante de mí. Me bajó las bragas con lentitud. Levanté una pierna, después la otra. Aprovechó el gesto para abrir mis muslos con las manos y recorrerme con los dedos, despacio, midiendo mi humedad. Después acercó la boca. Me lamió con una calma deliberada, abriéndome los labios con la lengua, saboreándome sin prisa mientras me sujetaba por dentro de los muslos y me abría un poco más.
Estaba atrapada entre los dos.
En medio de aquella vorágine asomó, breve, la otra yo: la madre, la esposa correcta. La que no debería estar aquí.
Pero el pensamiento no llegó a cuajar. Cada caricia, cada lengüetazo, cada presión de dedos me iba deshaciendo un poco más. Y yo no quería detenerlo.
A ratos la conciencia todavía me devolvía un destello de lucidez: esto no debería estar ocurriendo. Pero el pensamiento duraba poco. Lo que de verdad me turbaba no era haber llegado hasta allí. Era comprobar que, pudiendo frenarlo, no quería. Al contrario. Los quería cerca. A los dos.
Ya no me bastaba con dejarme tomar. Quería corresponderles. Quería que sintieran en sus cuerpos la misma urgencia que ellos estaban despertando en el mío.
Como buenamente pude, les abrí la camisa, desabroché cinturones y botones, bajé cremalleras y pantalones… y comencé a tocarlos con la misma curiosidad hambrienta con la que ellos me habían tocado a mí.
Por fin estábamos los tres desnudos… Y fue justo en ese momento cuando el roce de sus cuerpos contra el mío se volvió imposible de sostener sin más y me empujaron hacia la cama. Uno separó mis piernas, las levantó y las colocó sobre sus hombros. El otro se arrodilló sobre mi pecho, dejando su hombría a la altura de mi cara, y me sujetó las muñecas por encima de la cabeza. Me follaron con una mezcla de contención y hambre. Primero con una lentitud casi cruel, dejándome sentir cada centímetro. Después con más fuerza, más profundidad, más posesión.
Inmovilizada entre los dos, cada embestida, cada gruñido contra mi piel, sus miradas codiciosas y repletas de deseo animal, desataban algo que llevaba años dormido.
Uno me llenaba con una profundidad lenta y posesiva. El otro me ofrecía su sexo y yo lo tomaba. El placer subía en oleadas cada vez más fuertes. Gemía sin poder contenerlo. La cama del hotel crujía. El olor a sexo y a piel desconocida lo impregnaba todo. Cerré los ojos... y me dejé hacer.
Pero de pronto, la luz se volvió más tenue y el olor dejó de ser el de un desconocido. Había algo familiar en él.
Lentamente, la sensación de estar inmovilizada entre dos cuerpos empezó a deshacerse. El peso, la presión en las muñecas, las embestidas… todo se fue apagando hasta convertirse en otra cosa: una sola presencia. Un abrazo continuo, sostenido.
Y eso me sobresaltó… y abrí los ojos.
La habitación ya no era la misma. No había lámpara de hotel. No había Do Not Disturb. No había dos hombres. Sólo la penumbra de mi dormitorio y el cuerpo de mi marido pegado al mío por detrás, abrazándome por la cintura, como si quisiera retenerme, respirando en mi nuca, exactamente donde antes había sentido la boca de otro.
No dije nada.
Él tampoco.
Luego, en voz muy baja, susurrándome al oído, me dijo:
—Has estado muy lejos esta noche…
Y me apretó un poco más hacia él, pero como si no quisiese que me despertase del todo.
Me quedé quieta, confundida, sintiendo cómo la vigilia y el sueño se superponían, y con el vértigo de no saber exactamente en cuál de las dos noches quería quedarme...



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