Sostuve la vista.
Me gustan los hombres así: peligrosos, dominantes, los que no piden permiso porque asumen que el «no» jamás existió en mi cabeza.
Uno de ellos se levantó. Caminó despacio, midiendo la distancia, y apoyó las manos en el respaldo de la silla frente a mí.
—You look like someone who isn't planning to sleep tonight —dijo, con una voz grave, acento francés, y muy cargada de intención.
—Something like that —contesté con una media sonrisa, girando mi copa entre los dedos sin apartar los ojos de los suyos.
Sonrió. Una sonrisa lenta, depredadora.
—From Madrid? —mi acento me delató.
—And you?
—Nice.
—Oh, nice Nice —respondí alzando mis cejas... y sonriendo.
—May I?
Asentí... y se sentó.
El segundo hombre no tardó en unirse a nosotros. Ocupó la silla de al lado sin mediar invitación ni permiso, invadiendo mi perímetro con una insolencia que neutralizó cualquier atisbo de resistencia.
En ese momento la pianista empezó a tocar The Nearness of You, de Norah Jones.
Atenuaron un poco la iluminación, dejándonos casi en penumbra. Mientras la melodía nos envolvía, creando una atmósfera suave, íntima, entre los tres se instaló un silencio denso. Las miradas empezaron a cruzarse con más intención. La partida estaba en marcha y yo formaba parte de ella... así que jugué. Sostuve la mirada del primero, y le respondí moviendo mis labios con lentitud. Pero también me miraba el segundo. Entre ellos había algo: una complicidad invisible, una forma de anticiparse el uno al otro, de repartirse el silencio, las pausas y las miradas como si ya hubieran ensayado esta escena antes.
Fue entonces cuando lo noté.
No me estaban seduciendo por turnos, ni competían de forma aislada. Me estaban seduciendo juntos. Los dos me pretendían a la vez, convergiendo en mí con idéntica voracidad para compartirme. Era un doble o nada absoluto, una apuesta simultánea que me multiplicaba. Sentirme el foco de aquel deseo cruzado, capturada por dos miradas que convergían en mí con idéntica voracidad, desató un vértigo desconocido.
Esto empezaba a escapar de mi control. Yo, que simplemente buscaba un flirteo inofensivo, un poco de coqueteo, un baile, un roce, quizás unos labios, para regresar después al refugio seguro de mi habitación y contarle algo a mi marido al día siguiente para salpimentar nuestra rutina, me encontraba de pronto ante un turbador doble o nada. Aquel terreno inexplorado tenía una densidad peligrosa, un morbo tan espeso que me dejó momentáneamente suspendida fuera de juego.
La prudencia, y también un poco culpa, asomó un instante, recordándome que soy una mujer casada, y que esto rozaba peligrosamente un abismo del que podría no salir indemne. Sin embargo, la excitación pudo más. Ya no era un simple divertimento. Me gustaban. Me hacían sentir inmensamente deseada, y eso hacía que mi propio cuerpo empezase a traicionar cualquier precaución. No quería poner freno. Quería ver hasta dónde era capaz de tensar la cuerda.
El segundo hombre dio el siguiente paso, bajando la vista hacia mis manos apoyadas en la mesa.
—You forgot to hide the mark —dijo, con un hilo de voz que rozaba la provocación, probablemente por ver mi piel ligeramente más blanca en el anular, una marca que delataba el metal y al marido ausentes.
Lo miré fijamente, sin apartar los ojos, dejando que el silencio respondiera por mí. Pero no le bastó.
—I must have left it in my room.
Pero mi evasiva, lejos de protegerme, le concedió un hilo del que tirar. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio, y acercó su boca a mi oído. Pude sentir el calor de su cuerpo y el aroma a whisky y tabaco rodeándome.
—And what else did you leave in the room? —susurró con un tono que no preguntaba, sino que exigía—. Your rules?
—Who knows... —respondí.
Esa fue la sentencia. No hicieron falta más palabras. El diálogo había cumplido su función: la línea no solo estaba cruzada, estaba destruida.
Fue entonces cuando el primero rozó mi rodilla bajo la mesa, marcando presión con los dedos; mientras el otro se limitó a fijar su mirada en mis labios. Sentí el peso embriagador de saberme superada, absorbida por dos desconocidos que ya sabían exactamente qué iban a hacer conmigo... y que yo no iba a mover un solo dedo para detenerlos.
Cuando uno de ellos se inclinó hacia mí y, con la voz baja y cargada, sugirió que subiéramos, no hizo falta responder con palabras.

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